La Biblia dice en Colosenses 4:2

“Orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra la puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso.”

El apóstol Pablo necesitaba de la oración de las iglesias que había plantado. No se consideraba un super hombre carente de necesidades espirituales, al contrario pedía de las súplicas de los creyentes a los que había evangelizado ante el reto que tenía de llevar las buenas nuevas de salvación por todo el imperio romano.

A los miembros de la iglesia de Colosas les pidió que oraran por él para que la predicación del evangelio de Cristo se pudiera llevar en medio de la hostilidad, idolatría y oposición del imperio romano que veía con mucho recelo la predicación de un rey llamado Jesús, cuando en Roma solo había un soberano al que llamaban César.

Las puertas que se cierran solo Dios puede abrirlas y lo hará con la oración dedicada y constante de su pueblo. El apóstol lo sabía y por eso le pide a sus hermanos en la fe que intercedan por su vida dedicada a la proclamación del mensaje de salvación para la humanidad.

Lo extraordinario de la petición de Pablo es que él esta preso en Roma y aún en esa situación se mantenía compartiendo la palabra de Dios, sin importar que no pudiera salir a pueblos y ciudades para proclamar la redención que se puede alcanzar por medio de la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios.

Mientras el Señor mantenga las puertas abiertas no importa donde estemos físicamente. El evangelio avanzará porque las oraciones de los santos harán posible que la oposición y las resistencias no le quiten fuerza a la revelación divina.

Que no decaiga, entonces, el ánimo. Que tomemos o retomemos la dedicación y el esfuerzo por pedirle a Dios por todos los que comparten el evangelio para que lo sigan haciendo ya que el único instrumento real de transformación son las buenas nuevas de salvación y son tan necesarias en este mundo que se bate en desesperanza y tristeza.

A Pablo se le había encomendado compartir la Escritura a los gentiles y su labor dependía de la oración porque Jesús era un completo desconocido para muchos de sus interlocutores y eso demandaba un esfuerzo extraordinario, esfuerzo que solo se podría lograr si se acompañaba del clamor del pueblo de Dios.

La oración abre puertas. Cuando decidimos orar lo que parece imposible ocurre y el primer grande milagro es la salvación de hombres y mujeres que necesitan de su Creador.

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