La Biblia dice en Éxodo 14:11

“Y a Moisés le dijeron: ¿Acaso no había sepulcros en Egipto, que nos sacaste de allá para hacernos morir en el desierto? ¿Por qué nos has hecho esto? ¿Por qué nos sacaste de Egipto?”

Perseguidos por los egipcios y frente al Mar Rojo, los hebreos recién liberados por Moisés se sintieron atrapados y sin escapatoria, con un solo y fatal destino, que los hizo desesperarse y vaciar toda su ira, molestia y frustración contra su líder que había tenido la osadía y el valor de libertarlos de más de cuatro siglos de vergonzosa esclavitud.

Allí, frente lo que para ellos era una inminente aniquilación por parte de su odiado enemigo y dando por hecho que la salida de Egipto había sido un estrepitoso y lamentable error se dirigieron al siervo del Señor para increparlo, confrontarlo y denostarlo como un líder fracasado y sin sentido humano.

A unas cuantas horas de ser libres, de no tener que trabajar de gratis para los egipcios, de no ser vejados, de que sus hijos podían nacer sin el riesgo de ser arrojados al Nilo si eran varones, los judíos sintieron que Moisés los había traicionado y sin siquiera saber cuál sería el descenlace de la acción militar del ejército egipcio se dieron por muertos mucho antes.

En sus palabras había una alta dosis de reproche, no tanto a Moisés, sino a Dios mismo. Una queja del tamaño de la pirámides de ese país contra el Creador y una falta de fe absolutamente insolente. Habían olvidado rápidamente que quién los sacó de Egipto había dado muestra fehaciente de su poder con plagas que se burlaron de los dioses de ese país.

Pero lo hicieron porque su mente se concentró completamente en lo que sus ojos veían. Ellos solo lograba mirar un inmenso mar enfrente y atrás de ellos el más poderoso ejército de esa época y ellos tan insignificantes, tan indefensos, tan débiles, sin saber que sobre todos ellos velaba el Señor de los ejércitos.

A menudo vivimos la experiencia de los israelitas frente al Mar Rojo. Olvidamos lo que Dios ha hecho. Marginamos de nuestro corazón sus portentosas obras, su inigualables acciones a nuestro favor y nos quejamos y nos molestamos, porque si bien somos libres, no tenemos lo que nosotros pensamos que necesitamos. Pero Dios sabe bien nuestras carencias.

Finalmente, a pesar de su incredulidad, Dios volvió a mostrar su inmenso poder al derrotar por completo y para siempre al Faraón de Egipto arrojándolo al mar, de donde nunca volvió a reponerse y sí, los sepulcros en el desierto fueron para los egipcios que perdieron épicamente una batalla que ellos pensaban ganada.

Debemos entender, entonces, que a Dios no le podemos reprochar nada. Él siempre sabe lo que hace. Y si las cosas parecen fuera de lugar debemos recordar que Dios siempre las termina acomodando.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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