La Biblia dice en el Salmo 119:33-40

He
33 Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin. 34 Dame entendimiento, y guardaré tu ley, y la cumpliré de todo corazón. 35 Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi voluntad. 36 Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia. 37 Aparta mis ojos, que no vean la vanidad; avívame en tu camino. 38 Confirma tu palabra a tu siervo, que te teme. 39 Quita de mí el oprobio que he temido, porque buenos son tus juicios. 40 He aquí yo he anhelado tus mandamientos; vivifícame en tu justicia.

Introducción

Para la palabra vanidad en el Antiguo Testamento hay dos terminos “shav” y “hebel”. La primera es la que usa el salmista en el verso treinta y ocho y hebel es la que emplea el libro de Eclesiastés. Vanidad en el Qohelet o el libro del Predicador se traduce como “vapor” o “querer atrapar el viento con la mano”.

En tanto que “shav” se puede traducir como engaño o falso o mentira. En este sentido la palabra “shav” puede entenderse como la creación de una falsa expectativa sobre algo o alguien y que al final resulta falso o vacío, es decir sin el contenido que pensabamos obtener al acercarnos a él o a ello.

En cambio hebel es una ilusión que se persigue como meta y fin de la existencia humana y por esa razón se convierte en algo absurdo porque es como perseguir el vapor o ir detrás del viento y por eso Salomón la utiliza como la constante lucha del hombre por conseguir la razón de su existencia en este mundo.

El salmista usa “shav” que nuestra versión Reina Valera 1960 traduce como vanidad para curarse de quizá el más grande mal que puede haber en este mundo y es el de vivir creyendo una mentira. En este mundo la mentira se asentó desde que el maligno introdujo el pecado y la rebelión contra Dios.

Los seres humanos pueden vivir toda su existencia engañados, sin percatarse de que lo que alberga su mente y su corazón es una falsedad y al final de sus días descubrir el engaño.

El salmista, entonces, le suplica a Dios que le enseñe la palabra de Dios porque es la única manera de apartarse de la vanidad, entendiendo la expresión vanidad como mentira o falsedad que hay en este mundo a lo largo de toda la vida. El ser humano corre un grave riesgo a su paso por este planeta: puede ser engañado o vivir engañado.

La única manera de sortear este riesgo es amar la palabra de Dios porque ella tiene como fundamento o cimiento la verdad. Dios es verdad y veraz. Dios no miente. No es que tenga verdad, sino que él mismo es la verdad.

Salmo 119:Señor, enséñame a amar tu palabra
Porque me aparta de la vanidad
A. Cuando la guardo hasta el fin
B. Cuando la cumplo de todo corazón
C. Cuando no me inclino a la avaricia
D. Cuando decido romper con la mentira

A. Cuando la guardo hasta el fin

El verso treinta y tres de nuestro estudio dice de la siguiente manera:

Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin.

La mentira nos acecha, nos persigue. En el huerto del Edén tenemos el más claro ejemplo que el maligno usa estratagemas, verdades combinadas con mentiras, dichas con tal lógica que parecen afirmaciones ciertas, pero en realidad son mentira gigantes que pueden costarnos muy caro.

¿Cómo distinguir la verdad de la mentira? Debemos conocer la verdad para saber que es la mentira. En Estados Unidos una de las formas de entrenar a los cajeros de los bancos es mostrararles un billete o billetes de uno, cinco, diez, veinte y cien dólares originales una y otra vez, así cuando tenga ante ellos uno falso lo podrán identificar rápidamente.

Pero esa tarea se tiene que hacer permanentemente. El autor del salmo le pide a Dios que le enseñe el camino de los estatutos de Dios, es decir, sus decretos que no cambian que han quedado plasmados en la Biblia para guardarlos hasta el fin, es decir, seguir las recomendaciones y verdades hasta que parta de este mundo.

B. Cuando la cumplo de todo corazón

El verso treinta y cuatro dice de la siguiente forma:

Dame entendimiento, y guardaré tu ley, y la cumpliré de todo corazón.

Es inquietante saber que el maligno conoce la Escritura y la cita con propiedad. Así lo podemos apreciar cuando el diablo tentó a Jesús en el desierto, le citó el salmo noventa y uno y Jesús no lo desmitió lo que dijo era cierto, pero equivocado, lo que nos hace pensar que la revelación divina puede citarse de manera erronéa.

Y ante ese grave riesgo nuestra alternativa es justamente la oración que el salmista le hace a Dios en el verso treinta y cuatro. Debemos entender, comprender, asimilar y atender con toda atención a lo que Dios ha dicho, luego guardarla y cumplir con todo el corazón, es decir no a medias, ni con falta de entrega, sino con todo el ser.

C. Cuando no me inclino a la avaricia

Nuestro verso treinta y seis nos presenta la siguiente idea:

Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.

El peligro que todos los seres humanos tenemos es perder el sentido de la vida. Siempre está latente el riesgo de errar en el camino y de pronto ir hacia un objetivo o propósito de vida engañoso o que en apariencia nos producirá mucho regocijo, pero al final nos llenará de frustración.

Y ese es el caso de la avaricia. Algunas versiones traducen codicia en lugar de avaricia. La acumulación de bienes se puede convertir en un estilo de vida que hace inmensamente infelices a sus practicantes porque se privan de muchas alegrías que nacen de lo sencillo en este mundo y se aferran a tener más y más, aunque con ello no sean felices.

Benito Pérez Galdós en su obra Torquemada retrata a un avaricioso prestamista español que sufre cuando su esposa gasta su dinero en obras de arte o en el embellecimiento de su casa porque al casarse con ella, él que era de cuna humilde, tenía que presentarse ante la sociedad como alguien de abolengo aunque no tuviera ni los modales ni la formación.

D. Cuando decido romper con la mentira

El verso treinta y siete de nuestro estudio dice así:

Aparta mis ojos, que no vean la vanidad; avívame en tu camino.

El único que nos puede apartar de la mentira es Dios porque su mundo de él es la verdad. El maligno es padre de la mentira y Dios es el Padre de toda verdad. Nosotros vemos y creemos mentiras hasta que Dios nos ilumina con su verdad y entonces nos dota de la capacidad de alejarnos de la vanidad o la falsedad.

En este verso el salmista le ruega a Dios que aparte sus ojos para que no vean la vanidad. La versión Dios Habla Hoy traduce este verso de la siguiente manera: “No dejes que me fije en falsos dioses; ¡dame vida para seguir tu camino!” En cambio la Nueva Traducción Viviente lo hace así: “Aparta mis ojos de cosas inútiles y dame vida mediante tu palabra.”

La expresión del salmista nos recuerda el triste episodio del Edén: Eva no aparto sus ojos del fruto prohibido, si lo hubiera hecho tal vez no habría ofendido a Dios. Con esa experiencia, el autor del salmo suplica al Señor que aparte de su mirada todo aquello que parece verdad, pero en realidad es una gran mentira.

Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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