La Biblia dice en el salmo 135:

Aleluya. Alabad el nombre de Jehová; alabadle, siervos de Jehová; 2 Los que estáis en la casa de Jehová, en los atrios de la casa de nuestro Dios. 3 Alabad a JAH, porque él es bueno; cantad salmos a su nombre, porque él es benigno. 4 Porque JAH ha escogido a Jacob para sí, a Israel por posesión suya. 5 Porque yo sé que Jehová es grande, y el Señor nuestro, mayor que todos los dioses. 6 Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos. 7 Hace subir las nubes de los extremos de la tierra; hace los relámpagos para la lluvia; saca de sus depósitos los vientos. 8 Él es quien hizo morir a los primogénitos de Egipto, desde el hombre hasta la bestia. 9 Envió señales y prodigios en medio de ti, oh Egipto, contra Faraón, y contra todos sus siervos. 10 Destruyó a muchas naciones, y mató a reyes poderosos; 11 A Sehón rey amorreo, a Og rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán. 12 Y dio la tierra de ellos en heredad, en heredad a Israel su pueblo. 13 Oh Jehová, eterno es tu nombre; Tu memoria, oh Jehová, de generación en generación. 14 Porque Jehová juzgará a su pueblo, y se compadecerá de sus siervos. 15 Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombres. 16 Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; 17 Tienen orejas, y no oyen; tampoco hay aliento en sus bocas. 18 Semejantes a ellos son los que los hacen, y todos los que en ellos confían. 19 Casa de Israel, bendecid a Jehová; casa de Aarón, bendecid a Jehová; 20 Casa de Leví, bendecid a Jehová; los que teméis a Jehová, bendecid a Jehová. 21 Desde Sion sea bendecido Jehová, quien mora en Jerusalén. Aleluya.

Introducción

El salmo ciento treinta y cinco comienza como termina: con la expresión aleluya que literalmente significa alabado sea el Señor. Aleluya junto con amén son dos vocablos que el pueblo hebreo le ha legado a la humanidad ya que se pronuncian exactamente igual en todos los idiomas. El significado de amén es así sea.

Este salmo es un llamado a alabar a Dios con razones muy específicas o con motivos muy particulares en los que predominan reconocer que Dios es único. Único en su esencia, sin igual en su naturaleza, pero sobre todo singular frente a los ídolos de los pueblos a los cuales finalmente derrotó con gran solvencia.

Aunque no se nos dice quién fue el autor de esta obra poética, el canto nos conduce a alabar a Dios, a reconocerlo, a exaltarlo y engrandecerlo porque nadie se compara con su persona, porque ante todo lo creado nada puede siquiera acercarse a su inmensa grandeza y su infinito amor a su pueblo.

Los hebreos lucharon con grandes esfuerzos por evitar desplazar a Dios del lugar que les correspondía. Al igual que nosotros ellos enfrentaron la proliferación de “dioses”, “ídolos” y “deidades” que buscaban ocupar el sitio que el Señor tiene y debe tener, rebajándolo así a un lugar que jamás será el suyo.

El salmo recoge la experiencia del pueblo de Israel frente a esta lucha entre consolidar a Dios como lo que es: el Señor del cielo y de la tierra o desplazarlo de su sitio de honor y poner en su lugar ídolos inertes, divinidades sin ninguna clase de capacidad frente a sus necesidades o de plano entregarse a dioses sin ninguna efectividad.

De llegar a este grave error, se deja de paso o se olvida completamente no solo lo que Dios es, sino su inmenso poder para acompañar a su pueblo en los días más aciagos, en los momentos de mayor apremio y su poderosa intervención ante los enemigos y adversarios del Señor que ante los hombres parecen invencibles, pero que en realidad son débiles.

En lugar de eso, el salmo nos llama, nos convoca a alabar a Dios, a bendecirlo, a exaltarlo y darle el sitio que merece en nuestras vidas. A ubicarlo donde su honor y grandeza merece, a ponerlo justamente en el centro de nuestras vidas para tener presente siempre que nadie se le iguala.

Salmo 135: Señor, te alabo porque nadie se iguala a ti
A. Eres inigualable en bondad
B. Eres inigualable en poder
C. Eres inigualable ante los ídolos

A. Eres inigualable en bondad

Los primeros siete versos de nuestros salmo expresan de manera categórica que Dios es bueno y que en bondad o benignidad nadie se le compara. Él es bueno porque esa es su naturaleza.

Aleluya. Alabad el nombre de Jehová; alabadle, siervos de Jehová; 2 Los que estáis en la casa de Jehová, en los atrios de la casa de nuestro Dios. 3 Alabad a JAH, porque él es bueno; cantad salmos a su nombre, porque él es benigno. 4 Porque JAH ha escogido a Jacob para sí, a Israel por posesión suya. 5 Porque yo sé que Jehová es grande, y el Señor nuestro, mayor que todos los dioses. 6 Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos. 7 Hace subir las nubes de los extremos de la tierra; hace los relámpagos para la lluvia; saca de sus depósitos los vientos.

El verso tres es el centro de nuestro punto al hablar de la bondad porque dice así:

Alabad a JAH, porque él es bueno; cantad salmos a su nombre, porque él es benigno.

En los primeros versos del salmo encontramos una orden para alabar a Dios en su casa, desde adentro y desde afuera resaltando su bondad y el efecto o la manera en la que se traduce esa benignidad. Porque cuando declaramos que Dios es bueno tenemos muchas razones: una de ellas es que Dios escogió a Jacob que se convirtió en Israel.

El salmista nos lleva a considerar a Dios como alguien que dirige de manera soberana este mundo, eso quiere decir que él no consulta con nadie, no pone a consideración de nadie sus decisiones y controla las nubes, los relámpagos y los vientos, elementos de la naturaleza que el hombre jamás ha podido controlar o someter.

Pero el actuar de Dios no es caprichoso ni voluntarioso porque sus parámetros en los que se mueven tienen como marco su bondad.

B. Eres inigualable en poder

Del verso ocho al catorce el salmo expresa lo siguiente:

Él es quien hizo morir a los primogénitos de Egipto, desde el hombre hasta la bestia. 9 Envió señales y prodigios en medio de ti, oh Egipto, contra Faraón, y contra todos sus siervos. 10 Destruyó a muchas naciones, y mató a reyes poderosos; 11 A Sehón rey amorreo, a Og rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán. 12 Y dio la tierra de ellos en heredad, en heredad a Israel su pueblo. 13 Oh Jehová, eterno es tu nombre; tu memoria, oh Jehová, de generación en generación. 14 Porque Jehová juzgará a su pueblo, y se compadecerá de sus siervos.

Cuando el pueblo hebreo mira su historia y se encuentra con el relato de Egipto viene a su mente las diez plagas que Dios envió a esa nación para burlarse de sus dioses y mientras esto ocurría en la tierra de Gosen el pueblo judío contemplaba el formidable poder que el Señor desplegó para liberarlos de Egipto.

La última pegó directamente a Faraón que era considerado por sus súbditos como un dios, pero ni con todo el supuesto poder que tenía pudo evitar que su primer hijo muriera, mientras todos los hijos de los hebreos salvaban milagrosamente la vida en una noche en la que el ángel de la muerte tendió su manto sobre los egipcios.

El salmista recuerda también lo acontecido a Sehón y Og, reyes de los amorreos y Basán, respectivamente, que fueron derrotados por los israelitas gracias a la intervención divina que les dio la victoria ante monarcas que tenían ejércitos muy poderosos, pero que con la ayuda del Señor los derrotaron fácilmente.

Todo eso lo hizo Dios por compasión a su pueblo que en Egipto sufría y al llegar a la tierra prometida carecía de todos los bienes que necesitaba para hacer frente a sus adversarios que contaban con mejores recursos bélicos.

C. Eres inigualable ante los ídolos

Del verso quince al verso veintiuno nuestro salmo dice así:

Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombres. 16 Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; 17 Tienen orejas, y no oyen; tampoco hay aliento en sus bocas. 18 Semejantes a ellos son los que los hacen, y todos los que en ellos confían. 19 Casa de Israel, bendecid a Jehová; casa de Aarón, bendecid a Jehová; 20 Casa de Leví, bendecid a Jehová; los que teméis a Jehová, bendecid a Jehová. 21 Desde Sion sea bendecido Jehová, quien mora en Jerusalén. Aleluya.

Los pueblos que fueron derrotados por los hebreos en Canaán y en Egipto tenía dioses. De hecho esos pueblos fueron extraordinariamente idolatras y contaban con deidades que tomaron de las constelaciones, pero también de entre los animales a los que veneraban con tal devoción que a algunos les llevaban incluso sacrificios humanos.

Era tal el fervor y la devoción que tenían por esos ídolos que muchos hebreos los siguieron en esa deplorable y depravada costumbre de quemarles incienso, subir a los lugares más altos y elevarles sus plegarias para que los escucharan dándole la espalda al Señor que hizo los cielos y la tierra.

Pero lo que esos dioses valían o representaban era nada. La descripción que de ellos hace este salmo es idéntica a la del salmos ciento quince. De hecho algunos piensan que es un repetición de ese salmo porque precisa con toda claridad que tienen boca y no hablan, ojos y no ven, orejas y no oyen y menos tienen aliento en sus bocas.

En una palabra son absolutamente incapaces de nada. Vaya no pueden hacer nada por ellos mismos. Ni siquiera cuidarse ellos mismos, qué entonces pueden hacer por los que los invocan o los adoran: nada. De hecho son iguales o parecidos a quienes los hacen: no tienen ninguna clase de poder y autoridad.

El salmo termina con una orden a la casa de Israel, a la casa de Aarón y a la casa de Leví e incluso a quienes temen al Señor de bendecir al Señor, es decir a hablar bien del Creador que a diferencia de los ídolos mudos, ciegos, sordos es poderoso cuando habla, ve todo lo que sucede en el mundo y escucha todo lo que se dice de su persona.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario