La Biblia dice en el salmo 90:

Oración de Moisés, varón de Dios. Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. 2 Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios. 3 Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, y dices: convertíos, hijos de los hombres. 4 Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche. 5 Los arrebatas como con torrente de aguas; son como sueño, como la hierba que crece en la mañana. 6 En la mañana florece y crece; a la tarde es cortada, y se seca. 7 Porque con tu furor somos consumidos, y con tu ira somos turbados. 8 Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro. 9 Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un pensamiento. 10 Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, Con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos. 11 ¿Quién conoce el poder de tu ira, y tu indignación según que debes ser temido? 12 Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría. 13 Vuélvete, oh Jehová; ¿hasta cuándo? Y aplácate para con tus siervos. 14 De mañana sácianos de tu misericordia, y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días. 15 Alégranos conforme a los días que nos afligiste, y los años en que vimos el mal. 16 Aparezca en tus siervos tu obra, y tu gloria sobre sus hijos. 17 Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma.

Introducción

El salmo noventa fue escrito por Moisés, según nos revela la inscripción con la que comienza. Uno debe reconocerle a los judíos una capacidad extraordinaria para conservar los escritos sagrados porque conservaron por cientos de años el escrito de este personaje que fue el libertador que Dios escogió para sacarlos de la esclavitud de Egipto.

Conocer al autor de este salmo nos ayuda a entender su contenido, sobre todo porque fue Moisés quien conoció el nombre del Eterno cuando le preguntó sobre la respuesta que daría a los hijos de Israel, esclavos en Egipto cuando le preguntaran el nombre de Dios y entonces el Señor le dijo que su nombre era: YO SOY EL QUE SOY.

Una construcción gramatical que apunta a su Eternidad. Un nombre que revela también la existencia de Dios sin necesidad de nadie más que de sí mismo. Una formulación que los eleva por encima de los seres humanos.

Los hombres existimos gracias a la intervención de nuestros padres y por supuesto a la intervención divina. El salmo es una reflexión sobre la temporalidad del hombre vista desde la perspectiva de un Dios eterno que existe desde antes de la creación de todo lo que nuestros ojos ven.

Moisés vivió ciento veinte años y dos hechos marcaron para siempre su biografía: la primera que nunca se supo ni se sabrá el lugar donde fue enterrado su cuerpo y la segunda que no pudo poner sus pies en la tierra prometida de la que habló y animó siempre a sus compatriotas y solo la pudo contemplar desde el monte Nebo.

Este varón, cuya vida sirvió de manera singular e inigualable a su pueblo, es quien nos hace pensar sobre la transitoriedad de la vida sobre este mundo, nos hace pensar y repensar en la brevedad de la existencia humana sobre la tierra y nos hace elevar una plegaria para suplicar la bondad de Dios ante lo corto que es vivir.

Salmo 90: Señor, enséñame la brevedad de la vida

A. Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer
B. Porque con tu furor somos consumidos
C. Porque quiero dejar un huella de mi paso en esta tierra

El salmo noventa es el primer canto del cuarto de los cinco libros en que se estructuran los salmos.

Libro primero del salmo uno al cuarenta y uno
Libro segundo del salmo cuarenta y dos al setenta y dos
Libro tercero del salmo setenta y tres al ochenta y nueve
Libro cuarto del salmo noventa al ciento seis
Libro quinto del salmo ciento siete al salmo ciento cincuenta

El salmo 90 es una plegaria didáctica que se rezaba y se reza aún hoy en día para suplicarle a Dios su auxilio a fin de poder aprovechar el tiempo que tenemos sobre esta tierra para cumplir a cabalidad el propósito por el cual se nos da el don de la vida y evitar a lo sumo desperdiciar los años de existencia.

A. Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer

De manera poética el salmista hace una afirmación esencial para entender nada puede sostener ante el paso del tiempo. Dios es antes de todas las cosas, aún de aquellas que parecen demasiado antiguas como las montañas, la propia tierra y el mundo en general. Todos ellos aunque inveterados son posteriores a Dios.

Y si los hombres son ante las montañas breves, ante Dios lo son más porque Dios es eterno y por eso como son quebrantados o mueren, deberían convertirse al Creador para hacer de su transitoriedad una experiencia en la que se le saque el mayor provecho a los días que se les han dado.

Moisés construye a partir de la frase “porque mil ojos delante de tus ojos son el día de ayer que pasó” su propuesta de convencernos de nuestra brevedad. Porque a partir de esta idea escribe que los humanos somos: una de las vigilias de la noche, como torrente de agua, como la hierba que florece.

Las vigilias hebreas duraban unas tres horas. El torrente de agua pasa muy rápido y no regresa nunca más. La hierba dura si mucho algo de tiempo si no se corta, pero si se corta dura muy poco porque se seca de inmediato. Así la vida del hombre es cortísima y a veces pensamos que es demasiada larga.

Para nosotros, entonces, es mucho mil años, pero para Dios es apenas como el día de ayer. En términos sencillos somos nada ante el Creador. Estamos reducidos a ser como un respiro y por esa condición necesitamos urgentemente su ayuda para saber que hacer con la vida que se nos va minuto a minuto.

B. Porque con tu furor somos consumidos

Fue la maldad del hombre la que hizo que perdiera su condición de ser eterno como Dios. Cuando Adán pecó en el huerto del Edén, el Creador determinó que moriría. Inicialmente los hombres vivían más de novecientos años. Así fue durante el tiempo prediluviano, pero la maldad consistente en los hombres hizo su tiempo de vida se redujera.

El Señor determinó que los hombres solo vivirían ciento veinte años, pero de nueva cuenta el hombre siguió aferrado a su maldad y para este salmo la edad promedio se convirtió entre setenta y ochenta años. Hay personas que viven algo más de ese tiempo, pero son casos extraordinarios, no es lo común.

Y esta decisión es inapelable. Los hombres vivimos solo ese tiempo y por esa razón el salmista lanza su súplica ante Dios para que le enseñe al hombre de tal modo a contar sus días para que traiga a su corazón sabiduría. Se trata de una plegaria nacida de la compresión de que son unos cuantos años los que tenemos. Hay que aprovecharlos.

El único que nos puede guiar es Dios para que sepamos usar correctamente los días de vida, para no desperdiciemos nuestro recurso no renovable que es el tiempo y hagamos todo aquello que en realidad tenga sentido y sobre todo pueda llenarnos de satisfacción cuando tengamos que salir de este mundo.

La vida se consume inexorablemente. Esa esa una realidad que debemos tener presente siempre. Pensar que durará para siempre es sencillamente una idea equivocada.

C. Porque quiero dejar una huella de mi paso en esta tierra

Del verso catorce al diecisiete nuestro salmo dice lo siguiente:

14 De mañana sácianos de tu misericordia, y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días.15 Alégranos conforme a los días que nos afligiste, y los años en que vimos el mal. 16 Aparezca en tus siervos tu obra, y tu gloria sobre sus hijos. 17 Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma.

El salmista le pide a Dios que lo que haga tenga trascendencia, es decir que su paso por este mundo no sea en vano. Que su obra sea de tal magnitud que no sea inadvertida su presencia en este mundo. El quiere trascender para que al partir de este mundo deje memoria a quienes le rodearon.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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