La Biblia dice en Juan 18: 19-24

19 Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. 20 Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto.

21 ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho. 22 Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote?

23 Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas? 24 Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.

Introducción

¡Por fin! Después de meses y tal vez años, Anás tuvo ante sí a Jesús. Ese maestro del que había oído hablar mucho y que tal vez vio de manera furtiva en algún lado, pero al que nunca pudo confrontar de manera directa. Ahora lo tenía frente así y quería exhibirlo, quería dejar en claro ante sus subordinados que merecía morir.

En realidad Anás no era el sumo sacerdote ese año, era Caifás su yerno, pero en vista de lo transcendental que resultaba la detención de Jesús lo interrogó para luego enviárselo al esposo de su hija, quien solo lo recibió para llevarlo con Herodes, aconsejado por supuesto por Anás, quien no pudo con las respuestas que Jesús le dio.

Juan detalla el encuentro con el hombre más poderoso de Israel, no solo por su posición como líder de los sacerdotes en Jerusalén, sino por el poder económico que ostentaba. Él, junto con su familia controlaban todas las actividades económicas que se desprendían de la adoración en el templo.

Desde los que vendían palomas, corderos y toda clase de animales para los sacrificios, hasta los cambistas, sin nombrar las decenas de casas que tenían instalaciones para los ritos de purificación, todo pasaba por su manos. Tenían mucho dinero, por eso con suma facilidad le ofrecieron a Judas las treinta piezas de plata.

Eso sin contar los ingresos que directamente tenía con las ofrendas, los impuestos que cobraban por el uso del templo a todos los habitantes de Jerusalén y otros tantos ingresos que llegaban directamente a sus bolsillos. Era religiosamente y económicamente unos potentados.

Eso explica la altivez y la sobrada arrogancia con la que Anás trató a Jesús. Para sus intereses el nazareno representaba un gran riesgo. La frase mi casa, será llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones, calaba hondo en este personaje.

El interrogatorio era un mero trámite tanto para Anás como para Caifás porque la decisión estaba tomada: había que matar a Jesús, pero lo usaron para certificar que Jesús era un reo de muerte por haber violado la ley mosaica, aunque no había ninguna acusación sustentada para esa sentencia.

Lo sucedido en el encuentro entre Jesús y Anás nos muestra que una de las intenciones que tenía la clase sacerdotal era humillar a Jesús.

Humillado por los poderosos

A. Al interrogarlo como un transgresor de la ley
B. Al abofetearlo sin razón alguna
C. Al atarlo como un reo peligroso

A. Al interrogarlo como un transgresor de la ley

Los versos diecinueve y veinte nos muestran el diálogo entre Jesús y Anás:

19 Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. 20 Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto.

Anás estaba informado. Todo lo que sucedía en el templo y sus alrededores le era conocido. Las preguntas a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina eran hasta cierto punto intrascendentes para él. De los apóstoles, sabía que eran doce, personajes sin ninguna clase de relevancia: pescadores, un publicano, un zelote y otros más.

Ninguno de ellos tenía una posición social privilegiada. Eran unos marginados, pero Anás preguntó por ellos como si sus seguidores fueran unos rebeldes o revolucionarios o preparan un motín o asonada. Y al igual que al intentar indagar sobre sus enseñanzas, la pregunta era ociosa porque Jesús cumplía la ley y no enseñaba nada fuera de ella.

Por eso la respuesta de Jesús fue simple, pero a la vez profunda: todo lo que Jesús había predicado era público y notorio porque lo había hecho tanto en la sinagoga y en el templo a la vista de todos. Nada había hecho en oculto porque su ministerio tenía como base dar a conocer a los judíos primeramente las buenas nuevas de salvación.

El interrogatorio que llevó a cabo Anás se hizo para tratar a Jesús como un transgresor de la ley, para presentarlo como una persona que quebrantaba la ley mosaica, aunque no tenía ningún elemento lo suficientemente sólido para probar tal afirmación, pero Anás usó su posición para humillar a nuestro Señor.

B. Al abofetearlo sin razón alguna

La hostilidad contra Jesús era no solo del sumo sacerdote y su familia, así como de toda la clase sacerdotal, lo era también de personas que vivían en el entorno de ellos. Estaban sumamente molestos contra él porque el odio que irradiaban sus superiores los permeó a ellos también.

Cuando Jesús respondió a Anás durante el interrogatorio lo cuestionó sobre la razón de sus insulsas preguntas lo que provocó la molestia de uno de los guardias del templo que la versión Reina Valera 1960 le llama alguacil.

Los versos veintidós y veintitrés de nuestro pasaje dicen de la siguiente manera: 22 Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? 23 Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?

Indefenso, Jesús fue abofeteado por un guardia que pensó que así defendía a su patrón. La acción revela el poco valor que tenía para ellos la dignidad humana. Jesús no había insultado o faltado al respeto al sumo sacerdote. No había sido grosero con la respuesta que dio. Al fin de cuentas Anás había preguntado algo y Jesús había respondido.

El golpe contra Jesús minaba seriamente su autoestima porque no iba a defenderse. Claro que podía hacer uso de sus poderes, pero había renunciado a ellos y no podía hacer nada sino resistir. Cuando alguien nos golpea instintivamente nos defendemos y respondemos su agresión, pero Jesús no iba a hacer eso.

Lo podía hacer, pero hacerlo implicaba estropear el plan de salvación que consistía en ofrecerse voluntariamente como el Cordero de Dios y eso fue aprovechado por Anás y sus asistentes para maltratarlo aunque no tenían ninguna razón, ni mucho menos un argumento válido para tratarlo así.

C. Al atarlo como un reo peligroso

Para completar su deleznable faena con Jesús, Anás lo envió atado a su yerno Caifás. Así lo relata Juan en su evangelio: 24 Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.

Un hombre que no había cometido un solo acto de violencia. Un hombre extremadamente pacífico, cuyo único delito era denunciar la perversión a la que había llevado la doctrina y práctica de la ley de Moisés fue atado como si se tratara de un peligroso maleante que ponía en riesgo la vida de otras personas.

Pero todo ello formaba parte del mismo plan, humillar a Jesús, presentarlo como un proscrito de la ley, como a un convicto que no merecía ninguna clase de trato humano, sino al contrario se le debía tratar como un ser al margen de la ley.
Anás disfrutaba ese momento. Interrogarlo, ver que lo abofeteaban y luego enviarlo atado a Caifás regodeaban a un personaje que al fin tuvo ante sí a Jesús e hizo con él lo que le plació, aunque no tuviera ninguna razón para hacerlo.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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