La Biblia dice en el Salmo 119:121-128

Ayin

Juicio y justicia he hecho; no me abandones a mis opresores. 122 Afianza a tu siervo para bien; no permitas que los soberbios me opriman. 123 Mis ojos desfallecieron por tu salvación, y por la palabra de tu justicia. 124 Haz con tu siervo según tu misericordia, y enséñame tus estatutos. 125 Tu siervo soy yo, dame entendimiento para conocer tus testimonios. 126 Tiempo es de actuar, oh Jehová, porque han invalidado tu ley. 127 Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro. 128 Por eso estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y aborrecí todo camino de mentira.

Introducción

Servir a Dios es la más grande meta que el Señor puede tener para la vida de sus criaturas en este mundo. Pero no cualquier clase de servicio es el que demanda el Creador, sino uno exclusivo, dedicado, con empeño y sobre todo con mucha alegría, sin quejas ni murmuraciones contra el Señor.

La décima sexta letra del alfabeto hebreo llamada ayin nos lleva a reflexionar sobre este importante tema dentro de los resultados que trae consigo meditar y reflexionar en la palabra de Dios. La revelación divina a diferencia de otros libros produce inevitablemente como resultado servir a Dios y en consecuencia a nuestro prójimo.

Pero el servicio a Dios no es automático ni exento de conflictos. El lector de la revelación divina se convierte en un promotor de la justicia, un ser íntegro comprometido al cien por ciento con lo justo, lo noble, lo bueno y enemigo acérrimo de las injusticias, la violencia y eso lo coloca en una posición incómoda para quienes sí viven así.

En las líneas correspondientes a la letra ayin descubrimos a un salmista comprometido con el servicio a Dios, pero enfrentando a adversarios que querían dañarlo porque su compromiso con el Señor era muy fuerte y lo llevaba a vivir de tal manera que los injustos lo detestaban.

Servir a Dios es servir a la justicia como el que sirve al pecado sirve a la injusticia, es decir en cuanto decidimos convertirnos en sirvientes de Dios aceptamos servir a la justicia.
El que sirve a Dios es libre absolutamente. Pero aparecen opresores que quieren intimidarlo para regresar al estado en el que no tenía compromiso alguno con el Señor y aparentemente era más feliz. El salmista ve este riesgo y escribe estas líneas para animarnos a servir si no lo estamos haciendo o seguir sirviendo si nos hemos desanimado.

Señor, enséñanos a amar tu palabra.

Porque me muestra cómo servir
A. Para ser un siervo bien favorecido
B. Para ser un siervo bien tratado
C. Para ser un siervo bien instruido

La Biblia es una manual, un instructivo para aprender a servir a Dios. A medida que las personas se adentran en sus páginas encuentran y descubren relatos de hombres y mujeres que sirvieron a Dios, la manera en qué lo hicieron, los riesgos que corrieron, los desafíos que enfrentaron y la manera cómo Dios los premió.

Pero también encontramos muchos relatos de personas que decidieron no servirle, que tomaron la determinación de darle la espalda a su Creador y pensaron que era mejor vivir apartados de los caminos del Señor.

Para quien desea servir a Dios la palabra divina es múy útil para alcanzar el más importante de los objetivo que hay en esta vida.

A. Para ser un siervo bien favorecido

Los versos ciento veintiuno y ciento veintidó dicen de la siguiente forma:

Juicio y justicia he hecho; no me abandones a mis opresores. 122 Afianza a tu siervo para bien; no permitas que los soberbios me opriman.

Servir a Dios requiere su favor porque al servirlo nos comprometemos con la justicia y eso provoca molestia, enfando, enojó de quienes les disgusta ser señalados como injustos o descubiertos como seres sin piedad y compasión hacia las personas de tal manera que las afrentan o lesionan sus bienes.

Las palabras juicio y justicia que usa el salmista en el versos ciento veintiuno proceden de dos vocablos “mishpát” y “tsedeq”. La primera se refiere estrictamente a asuntos o temas de carácter legal, es decir, se usa para referirse a tribunales o jueces que juzgan de acuerdo al derecho.

Al usar esta palabra el salmista está diciendo que su conducta se ha ajustado a ser un participante honesto en este ámbito. Como testigo ha sido verdadero, no sabemos si era juez, pero en caso de serlo también había juzgado con criterio de justicia y no para favorecer a quien no tenía la razón.
En el caso de la palabra tsedeq, el término tiene varias connotaciones: la primera se refiere a la piedad delante de Dios, pero también se refiere a la solidaridad con los necesitados y desvalidos.

Al emplear ambas palabras y decir que las ha practicado, el salmista está señalando que una manera de servir a Dios es exactamente siendo justo con los demás, abrazando causas justas y evitando seguir o ir detrá de personas injustas y esa decisión hace que le surjan enemigos que les llama opresores.

Esa es la razón por la que pide que Dios no lo abandone ante sus opresores y que no permita que los soberbios lo opriman porque servir a Dios en causas de justicia y búsqueda del bien común necesariamente levanta enemigos y adversarios que tratan a toda costa de silenciar a quien ayuda a los más necesitados.

B. Para ser un siervo bien tratado

Los versos ciento veintitrés y ciento veinticuatro dicen de la siguiente forma:

Mis ojos desfallecieron por tu salvación, y por la palabra de tu justicia. 124 Haz con tu siervo según tu misericordia, y enséñame tus estatutos.

Servir a Dios incondicionalmente tiene sus dificultades. Es hacer el bien una y otra vez y en ocasiones en lugar de recibir bienes se reciben males. Se ayuda a la gente y la gente en muchas ocasiones paga mal. No que se esté esperando que la gente retribuya lo que se hace por ella, pero al menos si no lo hacen que tampoco dañen a quien los ayudó.

Pero muchísimas veces sucede exactamente lo contrario, es decir, apoyar desinteresadamente a las personas y en lugar de recibir muestras de gratitud se obtienen críticas y señalamientos equivocados.

Esa es la razón por la que el salmista apela a la misericordia del Señor. La compasión divina es el mejor antídoto ante la deslealtad humana. Cuando lloramos desfalleciendo por la salvación del Señor, su incondicional amor es lo único que nos puede dar consuelo en medio del dolor que nos provocan los malvados, pero también los ingratos.

El salmista le pide a Dios que lo trate bien y Dios por supuesto que lo hará. Como sucedió con Jeremías que comprometido con la justicia divina denunció como pocos la injusticia de Israel y fue hostigado, perseguido y encarcelado, pero al final de sus días cuando el juicio de Dios vino sobre Jerusalén él fue salvo.

Y así fue la vida de muchos siervos del Señor, pero siempre fueron recompensados por mantenerse fieles al llamado que Dios hizo a sus vidas y sucederá exactamente igual con nosotros en la medida que nos mantengamos perserverantes a la vocación a la que hemos sido llamados.

C. Para ser un siervo bien instruido

El verso ciento veinticinco de nuestro pasaje dice así:

Tu siervo soy yo, dame entendimiento para conocer tus testimonios.

Pensar en un siervo es creer que solo obedece o que acata las instrucciones ciegamente sin ninguna clase de discernimiento. En el caso de la Biblia no aplica esta concepción. El que sirve a Dios necesita entendimiento. Obedecer a Dios no significa de ningún modo perder la razón.

El siervo de Dios es un conocedor de la palabra de Dios para evitar hacer cosas que su Señor nunca le indicó. Para obrar conforme a los eternos propósitos de Dios y no por sus emociones y mucho menos por sus caprichos. El salmista se asume un ignorante y quiere que Dios lo instruya.

Se trata de comprender con toda claridad que el servicio a Dios no es un acto que cancele el entendimiento o la razón, todo lo contrario es cuando más se requiere y necesita ante los complejos problemas que llegan a la vida de los servidores de Dios.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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