La Biblia dice en 2º Reyes 20:3

“Yo te suplico, Señor, que te acuerdes de cómo te he servido fiel y sinceramente, haciendo lo que te agrada. Y lloró Ezequías amargamente.”

Esas fueron las palabras que le dirigió un hombre a Dios para que lo sanará y le preservará la vida que se le extinguia lentamente debido a una enfermedad incurable y que gracias a la bondad infinita del Señor logró vivir otros quince años en los que disfrutó la luz de este mundo.

Fue el rey Ezequías que, informado de su inminente desaparición física sobre este mundo, se despojó de toda grandeza y altivez y lloró lamentándose grandemente, suplicándole infinitamente al Creador que le devolviera la salud, lo que en efecto ocurrió y nos muestra cómo Dios se compadece cuando nos dirigimos a él con un corazón quebrantado.

Llaman la atención los tres argumentos que Ezequías le da a Dios para que le preserve la vida: le ha servido con tres características: 1. Con fidelidad. 2. Con sinceridad y 3. Haciendo lo que le agrada. Y el Señor no dijo que Ezequías mintiera, al contrario le dijo al profeta Isaías que le dijera a su monarca que sanaría y viviría tres lustros más.

Lo que nos lleva a reflexionar que lo que más agrada al Señor es un vida de servicio. Una vida entregada a servir. Definitivamente todos vamos a morir, pero generalmente la vida nos enseña que algo que nos es inmensamente útil lo cuidamos y si sufre un desperfecto buscamos la manera de repararlo para que no se pierda.

En sentido contrario cuando en casa tenemos un aparato, un mueble o un bien que no sirve mucho, casi siempre, en la primera oportunidad que tenemos nos deshacemos de él ya sea porque es voluminoso o porque ocupa un lugar que podría ser utilizado para colocar un aparato nuevo.

En términos espirituales aplica lo mismo. Cristo lo planteó en termino agrícolas de la siguiente forma: Todo árbol que no da fruto, será cortado. Es decir la utilidad siempre es apreciada por Dios. Si nosotros le servimos su reacción ante nuestras necesidades será de atención especial.

Ezequías servía al Señor con fidelidad, es decir, siempre, también con sinceridad, no era hipócrita ni interesado, ni hacía las cosas superficialmente, sino con todo el corazón y con integridad y agradaba a Dios, no a sí mismo ni a los demás. En otras palabras el vivía para complacer al Señor.

Este tipo de vida fue lo que le extendió la existencia cuando su salud se quebrantó. Todos moriremos un día, claro, pero podemos apelar a Dios y él nos escuchará siempre. Solo cercioremonos de que le servimos como este rey lo hizo.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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