La Biblia dice en Habacuc 2: 20

“Pero el Señor está en su santo templo: ¡guarde silencio delante de él toda la tierra!”

El contexto de este verso es necesario para comprenderlo: el profeta Habacuc cuestiona el poder soberano de Dios. Primero le dice por qué la hace ver violencia y maldad por doquier. El Señor le responde. Y entonces cuestiona la respuesta de Dios a la maldad humana en todas las latitudes. Pero esa es prerrogativa exclusiva del Creador: sancionar el mal. 

Dios tiene el derecho de reaccionar conforme a sus designios ante la creciente desvalorización de la vida, puede reaccionar enviando un profeta a hablarles como hizo con Jonás conduciéndolo a Nínive o puede hacer descender fuego sobre sus pecadores ciudades como Sodoma y Gomorra. Él puede hacer lo que le plaza: es Dios por los siglos. 

Desde su majestuoso santuario muestra su poder, su grandeza y capacidad para transformar cualquier circunstancia, derribar poderosos, encumbrar humildes, sostener a quienes desmayan, pero esencialmente hacer potentes obras que impactan de tal forma que hacen zozobrar a los seres humanos: un sismo, un tsunami, un huracán, son obra suya. 

Por eso Habacuc le pide al mundo entero que calle, que guarde silencio porque Dios no tiene ninguna limitación cuando se trata de hacer notoria su poderosa presencia. Ante lo que Dios hace y es lo mejor es quedarnos sin palabras. Es mejor enmudecer porque nunca sabremos explicar lo que Dios hace. 

Los seres humanos somos tan inclinados a cuestionar, a preguntar el porqué de las cosas que nos suceden. De las adversidades y males que llegan a nuestra vida, pero la recomendación que hace el profeta es de silencio. No hagas comentarios. Dios siempre sabe lo que hace, además es el Dueño de todo, y nosotros no. 

La sugerencia que podemos encontrar en el verso que hoy meditamos es que ante lo que haga Dios o deje de hacer (aunque el nunca deja de estar pendiente de su creación) lo mejor es reservarnos el derecho de declarar. Hacer un silencio ante su grandeza y ante lo perfecto de sus decretos. 

Al final de cuentas nadie es como él. Sus caminos son insondables, es decir indescifrables. Nadie como él para poner a cada quien en su lugar y darle lo que merece. Sí, es mejor callar para no ser avergonzados cuando él se arremanga su camisa y empieza a hacer justicia y a establecer lo que a cada a cada quien corresponde.  

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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