La Biblia dice en Colosenses 3:11

“Ya no tiene importancia el ser griego o judío, el estar circuncidado o no estarlo, el ser extranjero, inculto, esclavo o libre, sino que Cristo es todo y está en todos.”

Una de las grandes aportaciones de la predicación y de los escritos de Pablo en la cultura romana fue la concepción de igualdad entre todos los seres humanos. Tanto el judaísmo del tiempo del apóstol como el pensamiento romano tenía muy marcado las clases sociales entre los individuos.

Los plebeyos y esclavos en la sociedad romana y los menospreciados gentiles con los judíos parecían condenados al ostracismo social, pero la predicación de Pablo los reivindicó como personas. Su valía como seres humanos inició con las enseñanzas de Pablo en la iglesia donde todos eran iguales y nadie era más ni menos.

Cristo es todo y está en todos, expuso Pablo para enseñar a los hebreos cristianos que la naciente fe en el Hijo de Dios no era excluyente de ningún modo. El nuevo pueblo de Dios tenía cabida para todos y el origen racial, la condición social y sobre todo no había distintición entre esclavos y libres y mucho menos entre letrados e incultos.

Esa era una predicación fresca en un mundo donde cada persona estaba marcada socialmente de manera letal y que difícilmente podía quitarse la etiqueta que el mundo le ponía. En Cristo eso no era aplicable y sobre todo impensable. Jesús vino a salvar a todos, su inclusión era universal.

Recordar estas palabras que Pablo le dirigió a la iglesia de Colosas es sumamente pertinente para tener presente que en la iglesia todos somos iguales, nadie es más ni nadie es menos. No importa, ni interesa si el hermano o la hermana son profesionistas, son familias de abolengo o son ricos o pobres. Nada de eso es relevante.

Mirar a los demás como iguales nos ayuda a no discriminar ni exlcuir a nadie porque al final de cuentas en el pueblo de Dios somos hijos del mismo Padre, una idea que nació hace más de dos mil años y que llegó hasta las constituciones de casi la mayoría de los países de todo el mundo.

En el mundo lo postulan los gobernantes: todos los hombres son iguales, pero en la iglesia lo debemos practicar de una manera sencilla y diáfana: no haciendo acepción de personas, es decir no tratando a la gente en función de su vestimenta, cultura, idioma o condición económica. Habremos avanzado mucho cuando podamos abrazar a todos por igual.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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