La Biblia dice en 1ª Tesalonicenses 2: 20

“Sí, ustedes son nuestra gloria y nuestra alegría.”

Las cartas del apóstol Pablo tenían y tienen varios objetivos. Corregir errores, llamar la atención sobre temas que se han descuidado, pero sobre todo alentar. Las cartas si bien son reprimendas por situaciones que no deben ocurrir en las congregaciones, su función esencial es animar a los creyentes a seguir en el camino del Señor. 

La epístola a los tesalonicenses forma parte del acervo con que los cristianos contamos para conocer un poco más de la filosofía del ministerio paulino. En ellas plasmó sus ideas y las doctrinas que el Señor le reveló, pero también su concepción sobre lo que representaban los miembros de las iglesias que fundó.

Para el apóstol, si bien tenía que ajustar ciertas situaciones particulares que se vivían en cada congregación, siempre mantuvo presente y por delante la idea de que su labor por la que habría de recibir sus coronas cuando compareciera ante el tribunal de Cristo serían por la manera en que se condujo y condujo su trabajo. 

Si bien, Pablo se desgastó revisando y corrigiendo lo que sucedía al interior de las iglesias del primer siglo, nunca dejó de ver a los hermanos como el motivo de su gloria y alegría, como les dice a los hermanos de la iglesia de Tesalónica, a la que por cierto tuvo que llamar la atención por un grupo de hermanos que no trabajaban para sus propias necesidades.

Sin embargo, con todo y eso no dejó de verlos como parte fundamental de su ministerio y la razón de su llamamiento. Pablo sabía perfectamente que Dios lo llamó a trabajar con hombres y mujeres de carne y hueso, con yerros y equivocaciones, pero eso no lo amargó ni lo deprimió. Al contrario siempre encontró una razón para sentirse contento y a gusto. 

Para Pablo los hermanos de Tesalónica eran su gloria y alegría, es decir, era un motivo de orgullo y regocijo. Un orgullo no en el sentido de altivez o soberbia, sino más bien como un motivo de satisfacción. Pablo miraba de manera distinta a quienes integraban el cuerpo de Cristo. 

Esta es una enseñanza muy valiosa por parte del apóstol Pablo porque nos enseña que nuestra misión de vida la debemos llevar a cabo sin queja, sin murmurar, sin denostar por lo que hacemos, aunque en ocasiones nos desgaste o nos haga padecer. La misión de vida que Dios nos dio debe llevarse a cabo con la mejor actitud. 

Pablo tuvo muchas contrariedades por su labor como fundador de decenas de iglesias, pero mantuvo siempre su visión de amor para con quienes trabajaba. Nunca los vio como enemigos o adversarios, sino como la razón del llamado que Dios le hizo y que cumplió con creces. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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