La Biblia dice en Salmos 86:11

“Oh Señor, enséñame tu camino, para que yo lo siga fielmente. Haz que mi corazón honre tu nombre.”

Hay dos suplicas en este verso del salmo ochenta y seis compuesto por el rey David: 1. Que Dios le enseñe su camino y 2. Que con su corazón honre el nombre de Dios. Son dos peticiones que reflejan claramente el deseo del salmista de convertir al Señor en su experiencia diaria y el reconocimiento explícito de las dificultades a la hora de seguir al Creador.

David sabe de nuestra ignorancia para conocer los caminos del Señor. Nos perdemos con facilidad, nos extraviamos y de pronto caminamos nuestra propia senda sin considerar que nuestros propios caminos solo nos llevan al fracaso y derrota para finalmente llenarnos de frustración.

Pero también los creyentes libramos una de las más feroces batallas que se puedan conocer en nuestros corazones. Luchamos para entregárselo a Dios. El corazón es en el Antiguo Testamento el centro de la vida de los seres humanos. Nuestro corazón es el campo de guerra donde peleamos respetar a Dios.

Por ello no es casual que David le pida al Señor que lo auxilie para que le sea mostrado el camino y su corazón sea apoyado para que de esa forma en su vida ocurran también dos cosas: 1. Seguir fielmente a Dios y 2. Honre el nombre de Dios como es digno y no sea un irrespetuoso o irreverente.

El autor del salmo está consciente de la necesidad de caminar con Dios de manera fiel. La palabra fiel tiene su raíz en la expresión fe. La fe es la confianza que debemos manifestar en todo momento de manera idéntica que la fidelidad debe acompañarnos en cualquier situación o circunstancia.

El salmista sabe que vacilamos cuando recorremos esas sendas donde las dificultades y problemas nos inundan y creemos que esos no pueden ser los caminos del Señor, por eso le pide a Dios que le enseñe su camino para seguirlo fielmente, es decir sin dudar ni por un instante que es Dios quien nos conduce por allí.

Pero también sabe que necesita la fuerza de Dios para que su corazón no desfallezca ante los grandes males que enfrenta cotidianamente para honrar a Dios. La palabra honrar se traduce sencillamente como respetar o dar su lugar al Señor. Es un reto para todos darle el lugar que merece Dios, el primero, no el último.

David, entonces, le está pidiendo al Creador que lo ayude a ser sincero al seguirlo. Que su adoración sea siempre genuina y no simulada.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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