La Biblia dice en Mateo 14:26

“Cuando los discípulos lo vieron andar sobre el agua, se asustaron, y gritaron llenos de miedo: ¡Es un fantasma!”.

Los discipulos creían en los fantasmas, las apariciones y esa clase de leyendas y mitos que han acompañado a la humanidad casi desde los primeros pobladores de este mundo. Según el relato que hace Mateo que estaba presente esa madrugada en que Jesús los alcanzó en el mar de Galilea caminando sobre las aguas.

Los apóstoles estaban frente a uno de los más impresionantes milagros que Jesús hizo para demostrar su divinidad: rompió la ley de la gravedad porque ningún ser humano puede pisar el mar y no hundirse. Jesús dejó en claro ante ellos su naturaleza, su origen y su poder sobrenatural.

La reacción de ellos fue netamente humana: ante lo desconocido, lo portentoso y lo ilógico primero se llenaron de miedo y luego pensaron que se trataba de un fantasma que venía a asustarlos y se llenaron de miedo. La palabra griega para miedo que usa Mateo es fobia, una grado de temor que raya en el terror, que desquicia a quien lo padece.

Los discípulos ya conocían a Cristo, ya sabían que él estaba con ellos, pero tenían aún mucho de humanidad, mantenían sus creencias, sus temores y las opiniones populares de su tiempo y eso provocó que se hayan asustado cuando su Maestro apareció caminando sobre las aguas del lago de Galilea.

Jesús pudo haber llegado a esperarlos por tierra, pero los alcanzó caminando sobre el agua para enseñarles que la vida de ellos había cambiado radicalmente porque lo sobrenatural y lo prodigioso comenzaba a formar parte de su vida y a partir de su encuentro con él esa clase de señales les acompañarían hasta el final de sus vidas.

Ellos debían tener en claro al igual que nosotros que creer en Cristo Jesús es una experiencia a partir de la cual se comenzaba una vida completamente fuera de lo natural y para ello era indispensable deshacerse de sus ideas y pensamientos cultivados en la ignorancia espiritual cuando el mundo nos arrastraba.

Esa madrugada los discípulos quedaron marcados para siempre porque Jesús les demostró fehacientemente que su naturaleza era divina, que nada era imposible para él, que su poder era ilimitado y que nada ni nadie podía contener su inmensa capacidad en un mundo que fue creado por él.

Al caminar sobre las aguas nos demostró que su grandeza es sin igual. Que nadie puede ni podrá nunca ser como él y hacer lo que él hizo. Que seguimos no a un hombre, sino a Dios mismo que abdicó de su grandeza para ir a la cruz a morir por cada uno de nosotros.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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