La Biblia dice en Juan 6:35

“Y Jesús les dijo: Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí, nunca tendrá sed.

Las metáforas fueron una de las ilustraciones favoritas de nuestro Salvador para ofrecer sus instrucciones a personas del vulgo, pescadores, campesinos y pueblo en general alejados del conocimiento privilegiado de los maestros, intérpretes de la ley, fariseos, escribas y toda la clase religiosa judía de su tiempo para hacer asequible su saber y lo logro con creces.

El evangelio de Juan recoge esta de manera singular de instruir con la frase “Yo soy” para que los lectores del cuarto y último evangelio divinamente inspirado que se escribió para que el cristianismo del primer siglo tuviera claramente definido qué clase de Maestro seguían en la persona de Jesucristo y las recoge de una manera específica.

Se trataba de clarificar a los creyentes que comenzaban a escuchar tergiversaciones de la persona de Jesús y era necesario ubicar en su dimensión humana y divina a quien fundó la iglesia cristiana solo con doce predicadores que junto con el apóstol Pablo y otros cuantos hombres llenaron el imperio romano de las buenas nuevas de salvación.

En el verso que hoy meditamos Jesús se presenta como el pan de vida y como el agua viva, dos elementos indispensables e irremplazables para la existencia física de las personas. No se puede vivir en este mundo sin comer y sin beber agua. Dejar de tenerlos es el comienzo del fin para cualquiera. Se puede sobrevivir sin comida mucho tiempo, pero no sin agua.

Lo que Juan nos enseña a través de estas palabras que recogió de Jesús es que así como es vital comer alimentos y beber agua así de relevante es que las personas hagan dos cosas con Jesús. La primera es que vayan a él, es decir que se acerquen a su persona y la pregunta que puede surgir es cómo acercarnos a su persona.

La respuesta está en la otra metáfora: creer en él. La palabra creer no se trata de un pensamiento o un razonamiento estricta o únicamente mental, sino de una aceptación de que él es lo que dijo ser y que su muerte en la cruz del calvario fue en lugar de cada uno de nosotros.

El resultado de esos dos hechos en la vida de una persona: acercarse a Jesús y creer en él o aceptar lo que hizo y dijo, es que la persona experimentaría una satisfacción permanente idéntica a la que se experimenta cuando se tiene hambre y se come o cuando se tiene sed y se bebe agua. El alma estará satisfecha.

Jesús cura de raíz la insatisfacción. Jesús le da una razón a la vida. Jesús se convierte en el motor para afrontar los desafíos de la existencia humana. Jesús ofrece gratuitamente cura a la insatisfacción que apesadumbra y sepulta con ansiedad, angustia y en ocasiones depresion al no encontrar sentido a la vida.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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