La Biblia dice en 1ª carte a los Corintios 1:10-13

Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. 11 Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. 12 Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. 13 ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?

Introducción

La falta de amor produjo un severo problema en la iglesia de Corinto: había una profunda división entre ellos y esa división provocaba contiendas, peleas, conflictos, discrepancias y toda clase de actitudes beligerantes propias de las personas que asumen una posición irreductible frente a otras.

Pablo les escribe para rogarles que cambien de actitud. La palabra rogar que utiliza procede del vocablo griego “parakaleo” que tiene más el sentido de exhortación, llamado de atención que propiamente de una súplica. Es decir, les pide con respeto, pero enérgicamente que cambien de actitud.

Pablo desgrana con precisión la gran dificultad que tenían los corintios: unos se decían seguidores de Pablo, otros de Apolos, otros de Pedro y algunos que se sentían todavía más espirituales se decían ser de Cristo, una lección para todos aquellos que causando o promoviendo la división blandiendo ser de Cristo no por ello dejan de ser conflictivos.

La primera gran lección que nos enseña Pablo en estos versos que meditamos es que una expresión del amor genuino en la iglesia es justamente la unidad. El amor promueve la unión. El amor no es antagónico y uno sabe que está ante alguien que no ama cuando sus actitudes, palabras y acciones provocan cisma en la congregación.

Una persona que divide o separa a sus familiares, amigos o hermanos en Cristo es alguien inmaduro, alguien que piensa más en sí mismo que en los demás y que padece grandemente de egoísmo y egocentrismo, actitudes distantes del carácter que Cristo pide a sus seguidores en este mundo.

La iglesia de Corinto se convirtió de la noche a la mañana en seguidores de hombres. Habían perdido el rumbo y de pronto algunos se decían discípulos de Pablo, algunos se consideraban seguidores de Apolos, un maestro de la palabra y otros de Pedro, apóstol del primer círculo de Jesús y conocedor de primera mano del evangelio del Señor.

El cuarto grupo que había en la congregación de Corinto era justamente el más envilecido porque se hacían o se presentaban como los genuinos representantes de Cristo porque según pensaban ellos no eran ni seguidores de Pablo, Apolos o Pedro, sino de Cristo y a ellos justamente Pablo les escribe y pregunta “¿Acaso está dividido Cristo?”.

Es decir si ellos fueran de Cristo no participarían de la división en la iglesia y al contrario estarían trabajando para promover la unidad entre los creyentes, pero con su actitud se sentían un poco superiores a los otros tres grupos de la iglesia a la que Pablo dirige un mensaje para buscar la unidad a toda costa.

La palabra griega para división es “cisma” que se utilizaba también para referirse a una rasgadura en una ropa o tela lo que la afeaba grandemente. También se usaba para referirse a la separación entre dos o más personas. Cuando en una iglesia se cae en la división, es como rasgar una prenda de vestir.

Para que los Corintios pudiera entender esta verdad, Pablo les dice las razones por las que no estaban unidos.

Solo les faltaba amor

Por eso tenían grandes divisiones
A. No hablaban lo mismo
B. No estaban perfectamente unidos
C. No tenían una misma mente
D. No tenían un mismo parecer

A. No hablaban lo mismo

La torre de Babel es el mejor ejemplo de lo que sucede cuando las personas no hablan el mismo idioma o el mismo lenguaje: sobreviene una gran confusión y cada quien toma su propio camino y la separación es inevitable. Al usar la expresión “hablar lo mismo”, Pablo apela a sus lectores para que puedan hacer un esfuerzo para tener el mismo idioma.

La palabra “hablen” que usa el apóstol Pablo surge o se origina de la expresión griega “legó” que quiere decir básicamente hablar y luego de hablar llegar a una conclusión o a un acuerdo para tener la misma idea. Ilustrativamente ocurre cuando un grupo de personas preguntan ¿qué vamos a decir? Y luego de explicarles acuerdan lo que van a decir todos.

Es decir se trata de tener las mismas conclusiones o acordar los mismos planteamientos frente a una situación en particular o frente a una idea para evitar discordia o malos entendidos muy comunes cuando las personas no llegan a tener las mismas ideas y pensamiento.

B. No estaban perfectamente unidos

Las personas pueden estar juntas, pero no unidas. Ejemplos de esta afirmación hay muchos. Los divorcios de los famosos nos ayudan a entender que si bien pueden pasar años y años ligados en matrimonio eso no necesariamente quiere decir que están unidos o que tienen los mismos propósitos o las mismas metas.

Pablo quería que los creyentes de Corinto tuvieran una unidad perfecta. Hemos estudiado la palabra “perfecto” en otras ocasiones y hemos dicho que no necesariamente quiere decir sin error o sin falla, sino más bien el sentido de la palabra es que las personas son maduras al cohabitar con otros.

Es un hecho que cada persona tiene afinidades naturales con cierta clase de personas y con otras sencillamente parece que no hace “clic”, pero eso definitivamente no opera en la iglesia porque debemos entender que en las congregaciones cristianas todos somos iguales y nadie es más por su dinero, profesión o capacidades ni nadie es menos por su condición social.

C. No tenían una misma mente

Los creyentes de Corinto no pensaban lo mismo. Eso es lo que Pablo les dice y nos dice a nosotros cuando les reprocha que no tenían una misma mente. Nuestra mente se alimenta con lo que vemos y oímos. Los seres humanos fuimos diseñados como seres sociales. La historia de Robinson Cruceo nos ilustra sobre esta verdad.

Nacemos y cuando somos niños no distinguimos si la persona es pobre o rica, si el color de su piel es blanca o de tez morena. Nada de eso nos importa, pero conforme crecemos comenzamos a alimentar nuestra mente con ideas y prejuicios que nos hacen rechazar a las personas ya sea por su apariencia o por su lugar de origen, entre otras.

La única manera de tener una mente sana radica esencialmente en dejar que la palabra de Dios gobierne nuestra mente. En la medida que la Escritura influya en la mente de cada creyente, en ese misma medida la unidad será posible, de lo contrario cada quien tendrá sus propias ideas y actuará de acuerdo a ellas.

La palabra griega “nous” se traduce como mente y designa a esa parte del cerebro que procesa los pensamientos en cada persona. Cada persona asume diferentes pensamientos debido a diversas experiencias que ha vivido y como no todos viven las mismas situaciones reaccionan de distinto modo ante ciertos eventos.

Tenener una misma mente quiere decir que debían de pensar lo mismo, claro referente a la doctrina y persona de Jesucristo.

D. No tenían un mismo parecer

Tener una misma opinión que los demás jamás se logrará si tenemos la equivocada idea que nuestras opiniones son las mejores. Si creemos que lo que nosotros sabemos o creemos saber es lo más cercano a lo perfecto.

La palabra parecer es muy interesante en el griego porque significa consentimiento, propósito y decisión. Es decir Pablo quería que los creyentes de la iglesia de Corinto llegaran a tener decisiones parecidas, es decir que si llegaban a acuerdo todos dieran su consentimiento porque de esa forma no habría discusiones.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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