La Biblia dice en Job 6: 2

“¡Oh, que pesasen justamente mi queja y mi tormento, y se alzasen igualmente en balanza!”

Job le pide a Elifaz y sus otros dos amigos que pudiesen entenderlo. El doliente o el que sufre siempre necesita ser comprendido. Lanzar conclusiones atropelladas y sin saber el fondo del problema que vive es muy corrosivo. Job le pide, entonces, que pudieran pesar su angustia y ponerla en balanza junto a su calamidad.

Lo que el patriarca les estaba diciendo es que la congoja, el dolor y la pena que embarga la vida de una persona atribulada es inversamente proporcional a sus palabras de desahogo ante Dios. Job hablaba como hablaba porque su nueva condición lo había golpeado brutalmente.

El paciente varón de Dios nos está ofreciendo una herramienta muy útil para acercarnos a quienes padecen. Sus palabras son atropelladas. Desean morirse, muchas veces, y lo dicen y gritan y quienes los rodean se sorprenden ante esas expresiones, pero uno debe saber que el dolor que atraviesan hacen que hablen así.

¿Quién puede medir el dolor? ¿Quién puede saber la cantidad suficiente de sufrimiento que puede soportar una persona? ¿Se mide en metros, se pesa en kilos, se tasa en litros? ¿Cómo enfrentarlo si ni siquiera sabemos calcularlo?

Job responde a esta interrogante diciendo que si se pesara su dolor, su carga sería por toneladas como la carga de la arena del mar, extremadamente pesada. Su fuerza o peso era abrumadoramente insoportable.

De esa forma nos ayuda a entender que el sufrimiento es personal. Que nunca será igual en ninguna persona y que lo que a los ojos de mucho no tendría razón de queja o palabras arrebatadas en realidad es pura ignorancia y desconocimiento del sufrimiento que cada persona experimenta.

El dolor nos supera, nos trasciende y nos derrota. Debemos saberlo a la hora de vivirlo para no esperar que la gente nos entienda, pero también para comprender a quienes lo viven y ser cuidadosos con las palabras que oímos, pero también con el consejo que damos a los demás.

Perder a un hijo, un hermano, una esposa o un esposo o a los padres es un duelo dolorosísimo. Enfermar también es una experiencia difícil. Seamos empáticos y no hablemos por hablar y sobre todo encomendemos a Dios a quienes padecen un trace de esa magnitud.

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