La Biblia dice en Jueces 1:20

“A Caleb le tocó Hebrón, tal como Moisés se lo había prometido, y Caleb desalojó a los tres hijos de Anac.”

La victoria de Caleb sobre lo hijos de Anac se repite tres veces en la Escritura. La primera vez ocurre en Josué 15: 13-14, luego en Jueces 1: 10. En ambos pasajes se menciona el nombre de los tres hijos de Anac que fueron derrotados: Sesai, Ahimán y Talmai. Y la tercera ocasión en que se menciona es justamente en el verso que hoy meditamos.

La Biblia no repite un pasaje porque sí, ni insiste en un tema solo por llenar un espacio. Dios quería y quiere que todos nosotros tengamos presente la historia de Caleb porque fue un hombre valeroso que ni se acobardó, ni se intimidó, ni huyo de las adversidades, sino que las enfrentó con la certeza de la ayuda de Dios.

Su ejemplo es grande porque si bien le entregaron la ciudad de Hebrón como reconocimiento de su valor frente a un pueblo rebelde que decía que no podría entrar a la tierra prometida, él se encargó de demostrarles que con Dios no hay imposibles y derrotó a los tres hijos de Anac que era conocidos gigantes en esa región.

Cuando se decidió que Hebrón sería para Caleb, habitaban allí gigantes que atemorizaban a cualquiera, pero no a Caleb que decidido, firme e imperturbable los enfrentó y los desalojó. Algunas versiones usan el verbo expulsó, y otras arrojó, que da sentido a la autoridad con la que este varón hizo salir de ese lugar a hombres que se pensaban imbatibles.

La historia de Caleb es inspiradora porque no se amedrentó ante los enemigos que tenía frente a sí, pero sobre todo porque aprendió a luchar y a pesar de haber dado muestras reiteradas de su valerosidad no exigió que le dieran un territorio sin gente. Al contrario en cuanto supo que era Hebrón la ciudad que le tocó se dispuso a combatir.

A Caleb le tocó una tierra de gigantes y no huyó. Le tocó un territorio complejo, peligroso y lleno de dificultades, pero lo conquistó deshaciéndose de hombres que se pensaba eran invencibles. La fortaleza de este hombre residía en su confianza absoluta de que sus peleas las peleaba con Dios.

Recordar a Caleb nos es muy úitl cuando a nuestra vida llegan esa clase de dificultades que parecen gigantes o de plano cuando parece que estamos plantados en tierra de gigantes que quieren destruirnos. Es justamente cuando debemos pensar que mayor es el que está con nosotros que él que está en el mundo.

Cuando debemos volver nuestra vista a quien las nubes son el polvo de sus pies y los cielos la cortina de su casa, el Señor de los ejércitos que nunca ha perdido una batalla.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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