La Biblia dice en Salmos 39:14

“Deja ya de mirarme, dame un momento de respiro, antes que me vaya y deje de existir.”

El rey David se sintió abrumado, como todos llegamos a sentirnos cuando el peso de la vida cae sobre nosotros y descubrimos que somos inmensamente breves, cuando nos damos cuenta que somos tan fugaces como el agua del río que pasa y nunca más vuelve a hacer el mismo recorrido.

El dulce cantor de Israel experimentó la ansiedad de saberse breve, efímero, corto de días y pequeño, inmensamente pequeño, ante la eternidad de Dios, quien redujo drásticamente el tiempo de vida de la humanidad por su constante y perniciosa inclinación al mal y su poca o nula búsqueda del Creador.

En el salmo treinta y nueve, David va con Dios para presentarle su lamentable condición y le pide un momento de respiro, le pide que sosiegue su alma de esta intranquilidad que lo consume, de esta congoja que lo mantiene en una agitación permanente, que lo hunde en la intranquilidad e inquietud.

David quiere respirar porque siente que se ahoga ante la realidad de su brevedad, ante lo corto de días que es y quiere experimentar la calma y la bonanza que necesita su alma porque sabe perfectamente que su vida tendrá un punto final, pero antes de eso quiere vivir sin apresuramientos que mine su paz interior.

A David le ha sucedido lo que a nosotros nos ocurre en estos tiempos donde la vorágine o rapidez con que se vive la vida lo absorbe por completo y los días avanzan inexorablemente y debe ajustarse al reloj de la vida que avanza muy rápido y él no puede como nosotros no podemos detenerlo porque avanza inevitablemente.

Por eso pide una pausa, pide un momento de respiro, para recuperarse y seguir con el ritmo que la vida impone porque nunca se detiene, sigue y sigue a pesar de nuestra resistencia o aún en contra de nuestra voluntad. La oración de David y su petición encierra el anhelo de tener un momento de calma en medio de un mundo apurado.

Es una forma de decirle al Creador que nos queremos que nos arrastre la corriente y nos convierta en títeres del paso de los días y los años, sino que nos permita tener siempre momentos de paz y descanso, porque tarde o temprano completaremos esta faena y nos iremos de este mundo.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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