La Biblia dice en Romanos 1: 12

“Es decir, para que nos animemos unos a otros con esta fe que ustedes y yo tenemos.”

Pablo deseaba reunirse con los hermanos de la iglesia de Roma. Los apreciaba mucho y su fe era multicitada en los diferentes lugares que el apóstol visitaba para predicar el evangelio en el imperio romano, y eso le daba mucho gusto al enviado a los gentiles porque hablaba muy bien del testimonio de ellos.

Llama poderosamente la atención la actitud con la que Pablo busca encontrarse con los hermanos de esa importante congregación. Quiere estar con ello para animarse con ellos en la fe común que tenían. Pablo encontraba en los hermanos una fuente de entusiasmo y aliento al estar con ellos. No asumía ninguna clase de superioridad sobre ellos. 

Ellos querían oírlo por supuesto por su tremendo conocimiento y amplia experiencia en la vida cristiana, pero él también deseaba verlos para conocer la obra de Dios en sus vidas y de esa forma tomar nuevas fuerzas para seguir con su desgastante labor de llevar la palabra de Dios a un mundo hostil e indiferente a la verdad divina. 

Comprendemos que la fe que tenemos tiene muchas utilidades y una de ellas, según leemos en el verso que hoy meditamos, es justamente es el de animar, alentar, fortalecer, impulsar y reanimar para seguir caminando en la senda que el Señor trazó para la vida de cada uno de nosotros. 

También podemos apreciar que en la vida no hay “gigantes espirituales” que no necesiten animarse, todos en algún momento podemos pasar por momentos de desaliento y desánimo y por eso requerimos encontrarnos y rencontrarnos con hermanos y amigos que tienen nuestra misma fe. 

La fe que nos es común con otros muchos creyentes sirve para fortalecernos recíprocamente. Oír lo que Dios ha hecho por ellos, en ellos y a través de ellos siempre nos da fuerza y aliento porque los testimonios del poder de Dios en otros y otras nos enriquece muchísimo. 

Esa es la razón por la que Pablo quería verlos para oírlos y animarse mutuamente. Él los necesitaba y ellos también lo necesitaban. Esa es la esencia del cristianismo: todos somos iguales porque todos necesitamos ser alentados.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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