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viernes, julio 23, 2021
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Una fe práctica para una vida práctica nos desafía a mostrar lo que creemos 

La Biblia dice en Santiago 2: 18-19

18 Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. 19 Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.

Introducción

Santiago profundiza cada vez más la necesidad de una vida de fe con acciones. Tiene la clara intención de llevar a sus lectores a manifestar sin ninguna restricción lo que dicen creer y así confirmar de manera contundente que la fe que profesa es una convicción firme y sincera, fuera de toda hipocresía.

Para el autor de la carta es imposible diluir la fe de las obras o dividir las obras de la fe, ambas son inseparables. La fe no se puede esconder. Quien dice creer en Cristo ha de ofrecer fiel testimonio de esta verdad. Evidentemente la fe compromete nuestra conducta donde quiera que vayamos.

Creer en Dios va más allá de solo una cuestión mental o una concepción de nuestro raciocinio. Las personas que dicen creer en Dios deben expresar esa creencia de una manera tal que no queden dudas de que su concepción de Dios es correcta y su creencia es genuina debido al peligro de solo tener una fe intelectual.

Hemos dicho que algunas personas han llegado a pensar que Santiago dinamita la enseñaza de la salvación por la fe, pero lejos de esos, lo que el autor de la carta en realidad pretende es que todos los que se dicen creyente pasen por un filtro su creencias y ese filtro son las obras o buenas obras para confirmar que en realidad han creído en Cristo.

Y para ello recurre a dos argumentos que nos servirán para estudiar en esta enseñanza sobre una fe práctica para una vida práctica. El primero es que entre dos creyentes puede sugir el reto de defender uno su fe y otro sus obras. La única verdad prevaleciente será siempre la de una fe que obra.

Y en segundo lugar la manera en la que Santiago aclara que la fe ha de mostrarse es a través de una punzante verdad: los demonios tienen la posibilidad de creer. De hecho creen, pero no pueden obrar, solo tiemblan y no pueden hacer buenas obras. Creer, entonces, no es ni será nunca suficiente.

Una fe práctica para una vida práctica

Nos desafía para mostrar lo que creemos

A. Porque creer y obrar son inseparables
B. Porque hasta los demonios creen, pero no obran

La fe viva se practica. Si decimos que creemos en Dios es muy fácil averiguar si en realidad estamos practicando una fe genuina: nuestras obras hablan por nosotros. Lo que hacemos con nuestra fe es la mejor manera de saber si en realmente tenemos un compromiso con autor y consumador de la fe.

A. Porque creer y obrar son inseparables

Para comprender la vehemente defensa que Santiago hace de la fe acompañada de las obras debemos situarnos en el contexto histórico que esta viviendo el autor de la carta que estamos estudiando. El judaísmo sigue vigente. Apenas despunta el cristianismo. El catolicismo no ha aparecido. El Corán todavía no se ha escrito.

En pocas palabras el cristianismo ha comenzado a despegarse del judaísmo porque al principio para muchos representó lo mismo y allí es donde Santiago quiere dejar en claro que si bien el cristianismo abreva o toma de la ley mosaica sus verdades fundamentales, la separación es irremediable.

Muchos judíos del tiempo de Santiago practicaban una religión que era meramente externa. Cumplir con ritos y ceremonias, sin trascendencia en su vida cotidiana. Por supuesto que había hebreos que trataban de vivir de manera justa como exige el Antiguo Testamento, pero mucho más se habían acomodado a una fe estrictamente racional o mental.

No hay que perder de vista que los primeros creyentes de la iglesia fueron judíos. Ellos venían de miles de años de una lucha entre mantener viva su fe o renunciar a ella. Cuando la iglesia aparece muchos de estos israelitas se integran a la iglesia y a ellos es a quien Santiago dirige sus palabras.

De hecho el autor de la carta lo hace con gran ironía. Y lo plantea de la siguiente manera:

Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.

Ese “alguno dirá” que usa Santiago ha hecho pensar a los estudiosos de la carta que eran creyentes que habían caído en el conflicto de hacer de su fe un conjuntos de reglas que solo debían asentirse con la mente sin que se tradujeran o se manifestaran en obras y acciones en su vida.

Son la clase seguidores de Cristo que hacían una equivocada división entre fe y obras. Tú tienes fe y yo tengo obras es un grande error como si se pudieran separar ambas. A ellos les dice que la fe no se puede mostrar sin obras ya que lo correcto es una fe que se demuestra por las obras.

Con esta ironía Santiago nos deja en claro que jamás podremos separar lo que creemos de lo que hacemos. Somos resultado de nuestras creencias y en el caso de fe que profesamos la expresamos con acciones y buenas obras. No puede ni podrá ser de otra manera.

B. Porque hasta los demonios creen, pero no obran

El verso diecinueve de nuestro estudio dice así:

Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.

La frase “Dios es uno” nos remite al shemá o la oración principal de los judíos. Los hebreos la utilizan de las más diversas maneras: En sus casas tienen una mezuza que es una pequeña caja instalada a la entrada de su hogar y cada que salen y entran la tocan. En ella está contenida la oración del shemá: Oye Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es.”

Esa oración la deben repetir tres veces al día, según el Talmud hebreo. La repiten cuando alguien está a punto de morir y lo están asistiendo. Es una oración que ha trascendido el tiempo y el espacio. Desde que Moisés recibió la revelación de la Torá, los ha acompañado a lo largo de su historia.

“Dios es uno” ha sido una creencia que han asumido desde siempre y es la base del monoteísmo que hizo siempre distinto a Israel en un tiempo en el que el politeísmo dominaba la región del Eufrates y Trigis, Mesopotammia, de donde salió a Abraham a la tierra que Dios le mostró y donde finalmente se asentaron los judíos: Canaan.

Esa frase Santiago la utiliza para hacerles ver que así como ellos creen en esa verdad, los demonios también creen que Dios es uno, pero ellos no pueden obrar bien, sino solo temblar. Es evidente que con esta afirmación el autor de la epístola quería dejar completamete claro que la fe sin obras no puede ser algo que agrade a Dios.

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