La Biblia dice en 1º Samuel 2:5

“La mujer que no podía tener hijos, ha dado a luz siete veces; pero la que tenía muchos hijos, ahora está completamente marchita.”

La maternidad le cambió por completo la vida a Ana, una mujer que vivió en los tiempos de los Jueces, días en los que la anarquía espiritual y en consecuencia el caos social eran el pan de cada día de los hebreos que recién se asentaban en la tierra que Dios había prometido a Abraham, Moisés los había conducido a ella, y Josué los había introducido.

Ana no podía tener hijos y desde ese tiempo su condición era vista como la de una maldita que no le podía dar descendencia a su esposo Elcana, quien por los usos y costumbres errados de la época tenía dos esposas. De nombre Penina, la otra mujer de Elcana se burlaba de Ana porque era estéril y la hacía avergonzarse de tal manera que ya ni siquiera comía.

Pero en una ocasión Ana acudió a Silo, lugar de adoración del pueblo hebreo e hizo un compromiso con Dios. Le pidió con todo su corazón y toda su alma que le diera un hijo, y una vez nacido ella se lo devolvería para que le sirviera todos los días de su vida. Dios oyó su voz y le respondió dándole un vástago al que puso por nombre Samuel.

La maternidad transformó a esta mujer que escribió un salmo luego de dar a luz a Samuel, destetarlo y dejarlo en el templo de Silo y en esa pieza poética reconoció la grandeza del Señor y cantó el verso que hoy nos sirve para meditar sobre las formidables maravillas del Creador en la vida de las mujeres.

Ana quería un hijo. Lo deseaba con toda su alma. Tuvo a Samuel y luego Dios le dio otros cinco hijos –tres varones y dos mujeres– que completaron su dicha. A Samuel lo entregó al servicio del Señor. Encontró una dicha infinita en procrear hombres al servicio del Señor, su alegría estaba no tanto en tener vástagos, sino más bien en hacer de ellos hombres y mujeres de bien.

Al dirigirse a Dios admite y reconoce que su Dios transformó completamente su vida porque pasó de ser una mujer marchita, a una mujer llena de vida y eso la hizo inmensamente feliz, aunque su primer hijo solo lo tuvo en brazos y en casa unos meses, pues lo llevó a servir al tabernáculo de Silo, pero su dicha fue infinita.

La maternidad es una expresión de bendita sabiduría de Dios que dotó a la mujer con la capacidad de dar vida y al hacerlo puso en ella sentimientos y una capacidad de amor muy por encima a la de los varones y por esa razón experimenta un júbilo difícil de comprender porque los dolores de parto pasan a segundo término cuando abraza a su hijo o hija recién nacidos.

Pero si lo ve convertido en un hombre de bien o en una mujer de bien, su dicha no puede ser más grande.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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