La Biblia dice en Hechos 15: 26

“Quienes han puesto sus vidas en peligro por la causa de nuestro Señor Jesucristo.”

Así fueron definidos Pablo y Bernabé en el Concilio de Jerusalén cuando se decidió enviar una carta a las iglesias que estaban en Antioquía, Siria y Cilicia donde los judaizantes habían penetrado las congregaciones con sus doctrinas enfatizando la necesidad de circuncidar a los gentiles y obligarles a cumplir con la ley mosaica.

No solo fue un espaldarazo al trabajo que Pablo y Bernabé hacían entre los gentiles, sino un reconocimiento a su labor luego de su primer viaje que los llevó a Chipre, Salamina, Perge de Panfilia, Iconio, Derbe y Listra. En esta última ciudad Pablo fue apedreado por judíos de ese lugar, pero también por otros que habían venido de Iconio y Antioquía. 

Predicar el evangelio en esos días enfrentaba dos grupos opositores que eran férreos en su determinación de evitar que se propagara la verdad de que Cristo murió y resucitó: los romanos y los judíos. Los primeros por su politeísmo sin medida y los segundos por su celo mal entendido. 

Sin embargo, Pablo y Bernabé fueron reconocidos por su valentía, por su extraordinario entusiasmo por llevar las buenas nuevas de salvación en un entorno exageradamente hostil y abiertamente violento contra ellos y con ello ganaron no solo el aprecio de los apóstoles de Jesús, sino el respaldo y una gran solvencia espiritual.

Arriesgarse por lo que uno cree es una prueba irrefutable de que las convicciones de las personas no son situacionales, es decir que no dependen de las circunstancias. Ellos actuarían así de la misma manera si no hubiera problemas, pero en caso de que surgieran no cambiarían de actitud. 

Quienes arriesgan su vida por el evangelio tienen un temple y un coraje muy diferente a quienes cualquier posibilidad de riesgo los hace huir. Bernabé y Saulo de Tarso expusieron sus vidas para llevar el mensaje de Cristo con lo que nos dejaron en claro que predicar tiene siempre una posibilidad de persecución. 

También nos enseñaron que la encomienda es la encomienda y que nada ni nadie debe detenernos en la misión que hemos recibido y sobre todo que nuestra valentía no viene de nosotros sino de Dios que no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de amor, de poder y de dominio propio.  

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario