La Biblia dice en Salmos 100: 3
Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado.
El salmo cien es un llamado a celebrar a Dios por lo que es y por lo que hace. La celebración debe hacerse con canciones y servicio a su persona por una lista de acciones que el despliega, pero particularmente porque es Dios, porque somos hechura suya y también porque somos su pueblo y ovejas de su prado.
Bastaría con estas razones para llegar a la casa del Señor con todo nuestro corazón para agradecerle tantas y tantas bondades, pero la Escritura está repleta de razones por las que podemos llegar ante su presencia y decirle lo bueno y maravilloso que ha sido con nuestras vidas.
Me detengo en esta ocasión para reflexionar en la frase “Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos” que recoge fielmente la actitud más humilde que el hombre puede tener frente a su Creador. La frase nos recuerda que no podemos prescindir del Señor, somos sus criaturas y no un mero accidente. Lo necesitamos siempre.
Cuando nosotros reconocemos que somos hechura suya, descubrimos propósito y razón para recorrer la vida en este mundo lleno de complejidades y de situaciones anómalas que nos hace caer en la desesperanza y muchas veces en la frustración e incluso en la queja.
El salmo es un llamado para que las criaturas se encuentren o reencuentren con su Creador en un acto de sencillez para agradecerle en primer lugar haberles dado la vida, el don más importante en este planeta y sin el cual nada tiene sentido ni razón de ser y también para admitir que la existencia humana es un regalo del Señor.
La idea es que entendamos que no somos seres autónomos, al contrario somos seres necesitados o si se quiere somos seres con un Dueño que ha decidido darnos vida y en consecuencia es quien decide nuestro tiempo en este planeta, pero mientras tengamos vida celebremos su santo nombre.
El Dueño ha tenido a bien dejarnos vivir y eso ya es suficiente para darle nuestra absoluta gratitud.



