La Biblia dice en Hebreos 10: 39

Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma.

Introducción

La carta a los Hebreos fue incluida en el canón del Nuevo Testamento por varias razones: su temática es indiscutiblemente el paso de la ley mosaica a la gracia de Jesucristo; el exquisito uso del lenguaje griego clásico y su sólida y convicente argumentación para mostrar a los creyentes judíos la superioridad de Cristo.

Es un escrito que muestra la preocupación de un mentor que ve que sus discípulos han caído en la abulia, se han desalentado tanto que su fe se precipita en el peligroso acantilado de la indiferencia y sobre todo porque han perdido de vista a Cristo y se mueve exclusivamente por lo que sus ojos naturales miran en su entorno. 

Han pasado más de treinta años de la muerte y resurrección de Cristo y en Jerusalén las cosas siguen igual. En el templo los sacerdotes llevan los sacrificios como siempre y cada año el sumo sacerdote entra en el lugar santísimo en la fiesta del día de la expiación como ha ocurrido por siglos. 

¿Qué ha cambiado? ¿Qué ha sido de la muerte de Cristo? ¿Tiene sentido creer en Cristo en un mundo que no parece cambiar? ¿La fe sirve para enfrentar un mundo que grita que la muerte de Cristo no ha servido para nada? ¿Cuándo el Mesías instalará su reino en este mundo? ¿Cuándo desaparecerá el sistema de sacrificios judíos?

Esas y muchas otras preguntas provocaron que muchos creyentes abandonaran la iglesia. El desánimo era tal que el autor de la carta le pareció urgente escribir un documento que le sirviera a los creyentes del primer siglo que eran judíos para reanimarlos y alentarlos a seguir. 

Por el contenido, algunos piensan que la carta es en realidad un sermón dictado por un predicador profundamente conocedor del Antiguo Testamento que explicó de manera sencilla a Cristo a través de la Tanak, es decir a través de la ley, los profetas y lo salmos. 

Y allí justamente surge la primera interrogante de la epístola, ¿quién la escribió? Y también la segunda: ¿cuándo se escribió? Las respuestas a la primera son varias: Pablo, Apolos, Bernabé que conocían perfectamente bien el entramado de la ley mosaica. 

La fecha parece ser anterior al año setenta porque aun se mencionan los sacrificios como si estuvieran ocurriendo todavía cuando el escritor de la epístola se sentó a redactarla. La mayoría de los tratadistas del libro la fechan en la década de los cincuentas o sesentas después de Cristo. 

El escritor de la epístola tiene como objetivo central animar a los hermanos para que perseveren y no se se vuelvan atrás, no retornen, no regresen de la fe que abrazaron con tanto entusiasmo.

Y lo hace explicándoles de manera sencilla la supremacía de Cristo sobre los ángeles, Moisés, el sacerdocio levítico y sobre una de las más fuertes instituciones que los judíos tenían en ese tiempo: el sumo sacerdocio. Las citas que hace del Antiguo Testamento para expresar esta idea fueron tomados de la versión griega los setenta.

Son trece capítulos en los que describe serias advertencias para quienes se vuelven atrás del santo mandamiento. Son tan vehementes sus llamados a cuidar la salvación que esta carta en particular sirvió a Jocobo Arminio para establecer la doctrina que enseña que la salvación se pierde. 

La enseñanza calvinista de la seguridad de la salvación encontró en los arminianos un dique que partía justamente de lo que la carta a los Hebreos dice en los capítulos seis y diez, que nunca fue la idea del autor de la epístola quien usa el salmo 95 para recordarles las consecuencias del fracaso de los hebreos que salieron de Egipto.

El autor de la misiva sigue el sistema hebreo de formación: escribe y describe una doctrina para luego dar paso a un ejemplo para que los lectores comprendan la idea que se les quiere comunicar a fin de que su enseñanza pueda ser comprendida por sus lectores. 

Nos acercamos a un libro escrito para judíos a fin de que reconozcan la superiordad de Cristo y no se dejen seducir o engañar con las enseñanzas israelitas que eran y son, al final de cuentas, tan solo una sombra de lo que habría de venir y que llegó en Cristo Jesús para mostrarnos la diferencia entre el culto hebreo y el culto cristiano.

En la carta se usa diez veces la palabra perfección y en tres ocasiones la frase Dios vivo o Dios viviente para recordarles a los lectores de la carta que la madurez es uno de los objetivos que nunca se deben perder y que la vida cristiana tiene como ayudador al Dios vivo, es decir, no es una religión vacía. 

En esta carta, también, encontramos un capítulo dedicado a los grandes hombres de la fe, hombres de carne y hueso, con yerros y aciertos, con virtudes y defectos, con tropiezos y fortalezas que nos enseñan que la vida cristiana es para valientes. 

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