Para compartirnos su inteligencia
I. Una inteligencia que formó el cielo
II. Una inteligencia que trazó el abismo
Proverbios 8: 27
Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo.
Introducción
La Sabiduría hace un recorrido por la creación. Nos conduce por algunos de los componentes de la naturaleza que Dios creó según descubrimos en Génesis. La razón de este recurso es para mostrarnos su enorme capacidad para aconsejar, su impresionante inteligencia y sobre todo lo que se puede alcanzar si la oímos.
La Sabiduría tiene la enorme capacidad de conducir nuestra vida y hacer de nuestra existencia una experiencia, si no completamente placentera, si por lo menos exenta de situaciones apremiantes o que nos desconsuelen grandemente porque nos evita inmiscuirnos en problemas o dificultades nacidas por la falta de consejo.
La creación es la expresión perfecta de la inteligencia que encontramos en el Creador y esa inteligencia o sabiduría es la que nos llama a atenderla, a escucharla, a someternos a ella y nos ofrece la garantía de diseñar nuestra vida, tal como lo hizo con la creación. Con leyes perfectas, con estaciones exactas y con un equilibrio sin falla.
Y ahora nos conduce, en el verso que meditamos en esta ocasión, a observar, pensar y reflexionar sobre los dos puntos extremos de su obra: los cielos y el abismo. La verticalidad de la creación es un estremecedor porque nos lleva hasta lo más lejano que tenemos sobre la cabeza hasta lo más profundo que hay debajo de los pies.
No es ni casual ni accidental esta fórmula que encontramos en este versículo sino una clara intención de hacernos considerar que en esta vida hay cosas infinitamente altas y cosas extremadamente profundas.
I. Una inteligencia que afirmó el cielo
En la primera parte de nuestro verso de estudio encontramos la siguente afirmación: Cuando formaba los cielos, allí estaba yo.
La Sabiduría nos recuerda su presencia en esos grandes acontecimientos que dieron forma al mundo tal y como ahora lo conocemos, pero no debemos perder de vista que lo que ahora vemos no existía. Somos, junto con la creación, el resultado de una mente que de la nada hizo todo.
Los cielos fueron formados por el Señor. La palabra cielos procede del vocablo hebreo “shamayim”. Antes de entrar a estudiar esta fascinante palabra debemos decir que de principio a fin la palabra cielos o cielo aparece en la Biblia. En Génesis 1: 1 encontramos: En el prinicipio creó Dios los cielos y la tierra.
Y de igual forma en Apocalipsis 21: 1 encontramos: Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.
La palabra “shamayim” literalmente significa “allí hay agua” porque se compone de dos términos “sha” y “mayim”. El vocablo mayim significa aguas. La sabiduría estaba allí para formar el cielo que ahora vemos sobre nuestras cabezas.
II. Una inteligencia que trazó el abismo
La segunda parte de nuestro estudio dice así: cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo.
La palabra abismo procede del término tehom, y según los lingüistas hebreos es un término “geológico” que está asociado con fuentes de agua. Puede significar el mar, sus profundidades o por lo general las reservas naturales de aguas subterráneas. No es un lugar espiritual o espacio donde residen espíritus o muertos.
El proverbio que meditamos se refiere exclusivamente al agua que se concentra arriba y debajo de la tierra y el verbo trazaba, que procede del término hebreo “jaqaq” significa prescribir y por eso aplican expresiones como trazar, esculpir o registrar a la hora de traducir la expresión.
Lo que Dios hizo, entonces, fue colocar claramente dos enormes cantidades de agua, la que está en los cielos y la que está en la tierra. En otras, palabras los seres humanos estamos rodeados de agua por encima y por abajo.
La frontera entre ellos es la tierra, lo que nos recuerda lo valiosa e importante que es la sabiduría a la hora de establecer los límites de cada uno de estos componentes de la naturaleza.




