La Biblia dice en Juan 8: 36

Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.

La libertad que Jesús les ofrecía a los judíos era de carácter estrictamente espiritual. Ellos estaban subyugados por el imperio romano a quien pagaban injustos tributos para que las arcas imperiales pudieran sostener su cuantioso ejército que dominaba el mundo entonces conocido, pero no llamó a una revolución o revuelta contra ellos.

Y no lo hizo porque la libertad que ofrecía estaba por encima de la libertad que humanamente concebimos. Se puede vivir libre físicamente, pero puede uno estar cautivo a un estilo de vida que ahoga, esclaviza o subyuga de tal manera que la persona queda reducida a un esclavo de sus deseos o pasiones.

De allí la frase que encontramos en este verso que meditamos “serán verdaderamente libres”. Podemos decir que hay una libertad ficticia que nos hace pensar que no tenemos ninguna clase de atadura, pero hay otra, la verdadera, que es la que nos permite hacer lo que queremos y no hacer lo que no queremos.

Jesús ofrece justamente esta clase de libertad basada en un principio sencillo: conocer la verdad y seguirla. Y la verdad la encontramos en sus palabras y en su enseñanza. Se trata, esa sí, de una revolucionaria manera de libertar al hombre de todas sus cadenas.

Sobre todo aquellas que lo dañan severamente como el rencor, el resentimiento, el odio y la amargura que lo aprisionan y vuelven su existencia insostenible para sí mismo y para quienes los rodean porque una persona aprisionada en esas emociones generalmente es dañina.

¿Con eso queremos decir que la libertad física no es importante? Claro que no, lo que en realidad descubrimos es que es insuficiente. ¿Debemos luchar por la libertad física?, claro que sí, pero nuestra gran batalla debe ser por alcanzar la libertad que Cristo ofrece por con ella alcanzamos la plena libertad de vivir sin ninguna clase de cadenas.

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