Un tiempo de convicciones
I. Convicción del poder de Dios
II. Convicción contra la idolatría
Daniel 3: 17-18
He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. 18 Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.
Introducción
La Reforma Protestante apareció en un momento de la historia cuando disentir con la iglesia católica era practicamente una sentencia de muerte porque el catolicismo romano se había eregido, a través del papado, en la institución que decidía el destino de practicamente toda la humanidad.
A pesar de ese riesgo hubo hombres, contados por supuesto, que se opusieron tenazmente a las doctrinas y prácticas del romanismo como Girolamo Savonarola, Jonh Wyclif y, claro, Martín Lutero, quienes teniendo como amenaza permanente la inquisición desafiaron los dogmás católicos.
El resultado fue una cruenta y violenta etapa de los pueblos europeos que se debatieron en seguir como vasallos del papado o prescindir de esa institución que sometía a reyes junto con sus pueblos. Alemania, Inglaterra, Suecia y algunos otras naciones dejaron para siempre el catolicismo.
La Reforma Protestante finalmente triunfó y dejó plasamados sus postulados en las famosas y sencillas solas: solo fe, solo gracia, solo Biblia, solo Cristo y solo a Dios la gloria que sintetizaron el triunfo de la Escritura sobre la Tradición y que han servido desde entonces para recordarnos los fundamentos de la fe cristiana.
La iglesia cristiana enfrenta ahora el reto de hacer prevalecer estas verdades en un mundo donde la automatización provocada por la Inteligencia Artificial parece encaminada a socavar verdades que dan cuerpo y forma a la fe y práctica evangélica en este mundo.
La Inteligencia Artificial es un instrumento que por supuesto que puede resultar muy útil, pero también, hay que prevenirlo, puede ser usada con fines siniestros no solo contra la fe, sino contra el mismo hombre y la iglesia, debe entonces, tener mucho cuidado con lo que consume en internet.
La historia de Daniel y sus tres amigos, Ananías, Misael y Azarías en Babilonia nos pueden resultar muy útil a la hora de enfrentar la nueva realidad que nos ha tocada vivir en estos días, un tiempo marcado por un desarrollo tecnológicos sin precedentes en los que nuestra fe se verá sometida a grandes pruebas.
La historia de la estatua de Nabucodonosor de más de 27 metros de alto por casi tres metros de ancho a la que todos estaban obligados a adorar que Ananías, Misael y Azarías rechazaron idolatrar, a pesar de que su osadía sería castigada por el monarca babilonio.
I. Convicción del poder de Dios
Los tres jóvenes sabía perfectamente que su negativa a postrarse ante el monumento construido por el rey sería castigado de una manera horrible: serían arrojados a un horno de fuego, ante esa situación los muchachos le dijeron estas palabras a Nabucodonosor:
He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará.
Ellos confiaban en el poder de Dios. Sabían que Dios podría salvarlos del horno de fuego y de la mano del propio rey. No hay que perder de vista que los el tridente de jóvenes hebreos estaban frente a un monarca sanguinario que no se tentaba el corazón para hacer cumplir sus deseos.
Las palabras de los judíos fue de confianza, aunque sabía perfectamente que Dios podría decidir no rescatarlos de ese lugar, por eso dijeron puede librarnos, no dijeron nos librará. Ellos confiaban en el poder soberano del Señor.
Ellos nos lleva a una pensamiento sumamente necesario en estos días. El hecho de que Dios no actúe en ciertas situaciones de ningún modo significa que no tiene poder o que no nos oye.
II. Convicción contra la idolatría
Lejos de su patria, lejos de sus familias, los jóvenes tenían perfectamente claro que no claudicarían en sus convicciones y que bajo ninguna circunstancia se postrarían ante la estatua porque hacer era caer en idolatría.
Sus palabras fueron convincentes: Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.
La idolatría está proscrita en la Escritura. Es el primero de los diez mandamientos que encontramos en Éxodo 20. No tener dioses ajenos, ni representar a Dios con ninguna imagen, ni semejanza de lo que esté arribe en el cielo o abajo en la tierra, ni en las aguas ni debajo de la tierra.
El mandamiento es claro al señalar que no podían ni debían inclinarse a ellas, ni honrarlas porque Jehová es Dios fuerte, celoso, que visita la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación.
La Reforma Protestante nos redireccionó para dejar la idolatría y centrarnos en el Señor, los amigos de Daniel entendían perfectamente que no podía ceder ante la presión de cambiar su adoración.
La Inteligencia Artificial es sorprendente y cautivadora pera para hacerla parte de nuestra vida debemos someterla a la soberanía divina.



