I. Enemigos de Dios por el evangelio
II. Amados de Dios por los patriarca
Romanos 11: 28
Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres.
Introducción
Si hay un personaje que podía estar inconforme con los judíos porque lo persiguieron y trataron de matarlo en más de una ocasión fue Saulo de Tarso, el converso del judaísmo al cristianismo que todos conocemos como el apóstol Pablo, pero no lo hizo ni tampoco alentó en manera alguna detestar a los judíos.
Al contrario siempre les guardó respeto y consideración. En una de sus cartas más extensas, el discípulo de Jesús escribió ampliamente sobre ellos. La carta a los Romanos, considera una de las epístolas más teológicas del Nuevo Testamento, le dedica tres capítulos completos, casi un veinte por ciento del total de la misiva.
A la iglesia primitiva le interesaba saber que posición ocupaba Israel ahora en el plan divino. ¿La iglesia ocupaba ahora el lugar de Israel? ¿Israel había desaparecido del corazón del Señor? ¿La iglesia podía prescindir de los hebreos? Esas y muchas otras preguntas se hacían desde el principio de la iglesia.
Y aunque fueron contestadas por Pablo, la destrucción del templo de Jerusalén y el exilio del pueblo judío por casi dos mil años, hizo pensar a muchos que la nación israelita había dejado de entrar en los planes del Señor.
Martín Lutero se ciño a ese pensamiento. Escribió un libro que se llama Sobre los judíos y sus mentiras en el que repite las ideas que se tenía contra los hebreos del siglo XV. No había pasado mucho tiempo de la expulsión de los hebreos de Portugal y España, culpándolos de todos los males en Europa, entre ellas a peste bubónica del siglo XIV.
El rechazo a su Reforma hizo que Lutero pidiera estas cosas:
- Quemar las sinagogas y escuelas rabínicas.
- Destruir sus libros de oración y escrituras.
- Prohibir a los rabinos predicar bajo pena de muerte.
- Negar a los judíos la protección de los caminos.
- Confiscar sus bienes y dinero.
- Someterlos a trabajos forzados o expulsarlos.
El gran reformador se equivocó garrafalmente porque ante puso sus ideas sobre el texto sagrado del Nuevo Testamento que dice claramente que el pueblo judío es y será siempre el pueblo del Señor.
I. Enemigos de Dios por el evangelio
Los tres capítulos de la carta a los Romanos constituyen el eje sobre el que debe descansar la visión que la iglesia debe tener sobre los judíos. Ningún otro documento como esa epístola para explicar claramente la posición y destino de los hebreos en tiempos de la gracia.
Pienso que el apóstol Pablo le pidió a Dios que le dijera que iba a ser de los israelitas y lo que el Señor le reveló lo escribió en estos noventa y tres versículos que nos dejan en claro que en la actualidad los judíos como nación no van a aceptar el evangelio de Cristo, pero si de manera individual.
De hecho, Pablo dice que son enemigos por causa del evangelio porque las buenas nuevas han acercado a Dios a los gentiles, idólatras y paganos, algo inaceptable para los israelitas que siempre han pensado que tienen la exclusividad de parte del Señor y nadie más que ellos pueden salvarse.
Esa es una realidad que Pablo experimentó en carne propia cuando iba por las ciudades del imperio romano a predicar y casi siempre encontró oposición de los judíos que se aferraban a la ley de Moisés. Claro que eran sus enemigos, pero eso no significó ni significará que hayan sido desechados para siempre.
II. Amados de Dios por los patriarcas
Los judíos nunca dejarán de ser amados por Dios porque a Abraham se le hizo la promesa de que sus descendientes sería como las estrellas del firmamento y como la arena del mar, incontables. La promesa que Dios le hizo al padre de la fe y a sus descendientes Isaac y Jacob no han caducado.
Dios ama a su pueblo. Si no han creído, pero lo harán cuando, como dice Pablo en los tres capítulos de Romanos, la plenitud o la totalidad de los gentiles haya abrazado la fe en Cristo Jesús, y entonces Israel será salvo tal como lo profetizaron Isaías, Jeremías, Ezequiel y otros tantos hombres de Dios.
Y si Dios no odia a su pueblo, quienes somos nosotros para aborrecerlos o apoyar a quienes piden su destrucción, a quienes se suman a los tantos y tantos enemigos que por doquier han tenido y tienen los judíos a lo largo de toda su historia y que les ha hecho padecer tanto.




