La Biblia dice en 1ª Corintios 1: 27

Y es que, para avergonzar a los sabios, Dios ha escogido a los que el mundo tiene por tontos; y para avergonzar a los fuertes, ha escogido a los que el mundo tiene por débiles.

Pablo no se avergonzó nunca de predicar a Jesucristo. Él era un judío con ciudadanía romana. Conocía perfectamente la idiosincracia hebrea y la cultura romana impregnada por la sabiduría griega, no le era desconocida. Su ministerio con pregonero del Señor Jesucristo se movió en esos dos espacios: entre judíos y entre romanos.

Al centro de su predicación estaba Jesús, un Maestro de Israel que reclamó con palabras y obras su condición de Hijo de Dios y de Mesías, conceptos aceptados para griegos y judíos, pero la gran oposición de ambos era que había muerto en la cruz, el peor tormento de tortura ideado por Roma e impensable para alguien como Cristo.

La muerte de Cristo en el horrendo y perturbador madero, colgado como espéctaculo fue demasiado para quienes la lógica y el razonamiento no les permitía aceptar que fue el plan divino que Dios diseñó para salvar a la humanidad, humillando a Jesús para luego exaltarlo dándole un nombre que es sobre todo nombre. 

Y lo que debía resultar vergonzoso para quienes creían en Cristo Jesús en realidad era una vergüenza para el griego y el judío, que demandaban sabiduría y señales, respectivamente, porque muchos habían aceptado a Jesús como Salvador y esa decisión les había dado vida. 

Lo que Pablo quería decir es que si Jesús no fuera lo que dijo cómo, entonces, tanta gente encontraba en su persona lo que el mundo no podía ofrecer. Esos locos descubrieron que el Señor producía en sus vidas paz, alegría y un profundo sentido a su vida que antes no tenían y que ni la sabiduría humana ni las señales podían darles. 

Los “tontos” o  los “necios”, una manera irónica de llamar a los creyentes frente a los sabios que rechazaban la fe en un hombre que murió en la cruz y los “débiles” frente a los fuertes eran en realidad una vergüenza para quienes evitaban reconocer que la muerte y resurrección de Cristo tenía y tiene un poder único para transformar la vida.

Ni los sabios ni los fuertes podrán explicar cómo un hombre pueda cambiar diametralmente su existencia al poner su fe en el crucificado. Cómo explicar la transformación que opera Cristo en el alma para que una persona rechace la maldad como estilo de vida. Eso es lo que avergüenza y no creer en quien dijo ser lo que era y lo comprobó. 

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