La Biblia dice en Lucas 20: 38

Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven.

La muerte fue un tema recurrente en la predicación de Cristo porque desde que tomó a sus doce discípulos los comenzó a preparar para que asimilaran los acontecimientos que ocurrirían cuando fuera detenido, juzgado, castigado y llevado a la cruz donde moriría para luego, al tercer día, resucitar. 

En los tiempos de Jesús había una secta llamada saduceos que negaban la resurrección. Ellos pensaban que la muerte era el fin de todos los seres humanos y una vez dejado este mundo no habría ninguna clase de destino y al expirar el ser humano todo terminaba.

Llegaron con Jesús a proponer sus tesis y Jesús les respondió que Dios es un Dios de vivos y no de muertos ya que para él todos viven. Para hacer esta afirmación Jesús citó el pasaje de Éxodo 3 cuando Dios llama a Moisés para su servicio a través de una zarza encendida que no se consume. 

Allí, Dios se presenta con él y le dice que es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, los patriarcas fundadores de la nación hebrea que están vivos en un plano que nosotros no podemos ver. Ellos físicamente murieron, pero espiritualmente están vivos, sin embargo no los podemos ver. 

Nos queda claro que la muerte tiene dos perspectivas: la humana y la divina. Desde el punto de vista humano los hombres y mujeres mueren y allí termina todo. Pero desde el punto de vista divino, cuando las personas mueren van al paraíso, como el malhechor que murió al lado de Jesús que creyó en Jesús como el Salvador. 

La muerte nos separa de todos los seres humanos. Nos aleja de nuestros seres queridos, pero nos acerca de manera directa con Dios. Para Dios sus hijos viven, como viven Abraham, Isaac y Jacob. La muerte desde ese punto de vista es un cambio de mundo o realidad. 

Sin embargo, hay una separación entre ambos, un cisma que de no existir haría que muchos se asustaran porque verían a sus seres queridos que han partido de este mundo practicando la piedad. 

Las palabras de Jesús nos recuerdan que el creyente tiene la bendición de que si ha creído en Cristo aunque este muerto vivirá. 

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