La Biblia dice en Juan 10: 12
Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa.
La enseñanza de Jesús fue extremadamente sencilla y los corazones dispuestos y abiertos la comprendieron, pero las personas endurecidas e incrédulas les pareció incomprensible lo que el Señor enseñaba, a pesar de que usaba ejemplos muy sencillos tomados de la vida cotidiana.
A los renuentes e indispuestos fariseos Jesús les puso una ilustración muy simple: las ovejas y el pastor. Recurrió a una verdad por todos conocidos: las ovejas tienen un sentido especial que pueden reconocer a su pastor y le siguen porque saben que las llevarán a pastar. Si no escuchaban a ese pastor era porque no eran sus ovejas.
Luego, cita el caso donde diferencia al pastor dueño del rebaño y al empleado o asalariado que cumple con su labor hasta cierto punto, pero cuando el peligro se ciñe sobre el rebaño huye dejando en el desamparo a las ovejas, contrario a lo que el dueño de ellas hace: enfrenta a los depredadores.
La distinción entre dueño de las ovejas y el asalariado o empleado es el punto que trata el verso que meditamos. A los fariseos poco o nada les importaban las personas que estaban bajo su encargo. Ellos eran asalariados, no les unía ningún vínculo especial con quienes eran sus discípulos.
Cristo, en cambio, el Buen Pastor, era capaz y fue capaz de dar su vida por ellos. Era el verdadero pastor que los seres humanos. Un pastor preocupado y ocupado por el bienestar de su rebaño. Se trata de una diferencia clara, contundente e incontrovertible porque el Señor es nuestro pastor.
A Jesús lo mueve el amor, no el dinero. Al Señor lo conmueve la necesidad de sus seguidores y procura siempre darles el mejor alimento y lo hace única y exclusivamente por piedad; no lo mueve ninguna otra clase de intención, en cambio los fariseos eran gente interesada en lo monetario.
A ellos no les importaba que el lobo dañará a las ovejas, a Jesús sí.




